Un paseo por la playa calma el alma —dicho popular

Los yucatanenses por herencia española tenemos la costumbre de trasladarnos los casi dos meses de vacaciones que marcan el curso escolar a las playas de nuestro querido Estado. Esto es casi una necesidad, pues la diferencia de temperatura entre la ciudad y la playa es notoria.

En las inmediaciones de las pequeñas poblaciones de la costa —llenas de belleza y cordialidad de sus lugareños— se encuentran construidas infinidad de casas, que estando frente al mar nos ofrecen la maravilla de las puestas de Sol, de baños en el mar, de caminar en la arena y una perspectiva infinita.

Esto es un privilegio y algo que solo con el tiempo y la madurez se logra valorar.

La abuela nació en la posguerra, creciendo en un ambiente diferente. Su niñez fue sin televisión, sin la tecnología que ahora tenemos, jugando muñecas y leyendo libros de Salgari que la transportaba a mundos de fantasía. Los años transcurrieron entre el estudio, las crinolinas, noches de Luna y flores en el pelo.

Sus vacaciones han sido en un pequeño pueblo costeño. En la infancia se bañaba tres veces al día en el mar, remaba en una pequeña lanchita, se divertía con la lotería, con la chácara y jugando a las escondidillas; en las tardes recogía conchas escuchando las historias que sus mayores contaban.

La abuela iba julio y agosto, disfrutando las excursiones marinas, cenas familiares, aprovechamiento del “mar platito”, ayudando en el eterno e inacabable trabajo de la cocina y leyendo novelas que fomentaban el romanticismo y la emoción del enamoramiento.

En el crecimiento de los hijos la abuela en las vacaciones vivió entre preocupaciones y alegrías tratando de obtener, en plena convivencia familiar, la cimentación de buenos recuerdos. La abuela está de vacaciones en el mismo lugar pero con diferente entorno.

Ahora la mayoría de los jóvenes están frente a la televisión o con el celular, las conchas son aplastadas por las motos, hay poca actividad marina y existe un ocio peligroso. La abuela, en su sillón, sigue en lo mismo, en la convivencia familiar contemplando el océano, llenándose el alma en la placidez de las puestas de Sol y siente tristeza por una temporada vacacional que se ha ido y que no volverá nunca.

Tristeza y alegría por lo vivido.

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