“TANTO AMÓ DIOS AL MUNDO…”
La historia de la humanidad resulta casi suspendida entre dos árboles: el árbol del conocimiento del bien y del mal en el jardín del Edén, bajo el cual se consumó el drama del pecado; y el árbol del calvario, la cruz de Jesús, debajo del cual se abrió la epopeya de la redención. Es lo que está sintetizado en el prefacio de la Misa de hoy: “En el árbol de la cruz tú estableciste la salvación del hombre, porque de donde surgió la muerte, de allí resurgiera la vida, y el que del árbol obtenía la victoria, fuera en un árbol vencido”.
“El que crea” se repite dos veces. Porque, para entender el significado de la cruz, de por sí suplicio atroz y signo de un fracaso, es necesaria la fe que la revela como signo de gloria y trono del triunfo sobre el mal. Y, luego, el texto enfatiza que “Dios amó tanto al mundo”, porque el deseo divino fue no dejar al ser humano abandonado a su miseria y a su locura pecadora, sino salvarlo levantándolo hacia la gloria y la luz.
Y así fue como se abrió un nuevo horizonte para el ser humano, definido en negativo y en positivo: “El que cree en Él no morirá”, una expresión “negativa” de nuestro destino porque ya no seremos obligados a caer en los infiernos, en la ausencia de la luz, de la cercanía de Dios y de la esperanza. Lo positivo es que “tendremos la vida eterna”, la cual no es una pálida inmortalidad espiritual, sino la participación en la misma vida de Dios.
La Cruz “exaltada”, es decir, plantada en el centro de la historia y dirigida hacia el cielo es el gran signo erigido entre los pueblos para que todos crean, esperen y se salven. “Cuando sea levantado de la tierra —dijo Jesús—, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).
