José Filadelfo García Gutiérrez (*)
Thomas Stearns Eliot (1888-1965) fue un poeta y crítico fundamental para la poesía del siglo XX. Su poema tutelar, “The Waste Land (La tierra baldía)”, publicado en 1922, ofreció una innovación formal (fragmentaria, como un desvarío unido solo por el tedio) y reflexiva, por cuanto lo que dice descubre y evidencia la desesperanza el hombre (particularmente, el occidental), luego de un siglo (el XIX) problemático, pero aún entusiasta, que quedó derruido tras la Primera Guerra Mundial.
La siguiente reflexión conmemora los 60 años de la muerte del poeta angloamericano y su eje de reflexión es tanto el fenómeno de la traducción como algunas cuantas peculiaridades que la traducción al español de “La tierra baldía” trajo al mundo poético en lengua española.
La traducción es el esfuerzo racional e intuitivo para construir lo comunicable. Lo comunicable siempre se expresa, y toda expresión (lingüística o no) es reconocible como un fenómeno interpretable: lo contrario a lo expresivo podría asegurarse como un rotundo misterio, aunque se pretenda imaginarlo. Si la interpretación responde a una interacción tan significativa, como fluctuante, entre sujeto (traductor) y objeto (texto), se debe a que el fondo que permite dicha interacción, más o menos previsible, es la distancia o lejanía entre el sujeto y el objeto (un texto o persona, por ejemplo).
Para Mauricio Beuchot en “El arte de la traición o los problemas de la traducción” la lengua y la cultura en las que se traduce “imponen una distancia, el distanciamiento que da objetividad por encima de la subjetividad de la apropiación”. De cierto modo, el hermeneuta mexicano sugiere que la distancia es más objetiva porque pone en claro la diferencia existente entre dos actores, el traductor y el mundo del texto. Lo anterior podría evitar la delicada posibilidad, aunque ciertamente experimental, de la coautoría en una traducción.
Es posible decir que la lejanía entre sujeto y objeto propicia el enriquecimiento de las posibilidades de significación, pero también exige que dicha riqueza quede estrictamente acotada por el ineludible propósito de familiarizar (sin romper la distancia) el texto original y su traducción. Una relación familiar (o “situación análoga”, según J. C. Catford) entre traducción y texto se establece a partir del ingenio del traductor y el conocimiento del contexto en que la obra se circunscribe, y por los cuales la habilidad por la sinonimia más deseable, y el reconocimiento intencional de la obra y el autor, generan una interpretación oscilante entre la sujeción circunspecta hacia la forma y expresión originales, y la variación libre de las mismas.
Además de comprender la obra, particularmente literaria, en su lengua original, una de las maneras de conocer su mundo es a través de sus traducciones.
En tal caso, por demás interesante, no solo se implica el imprescindible mundo verbal original de la obra, sino la manera de interpretarla y de montarla en una lengua distinta. En efecto, conocer la fuente de manera directa es el primer paso, pero conocerla por contraste resulta un ejercicio enriquecedor. Solo a través de la comparación, de ese contraste, se distinguen las semejanzas y variaciones, no solo de la traducción con respecto a la fuente, sino de la traducción frente a otra traducción.
Así como se puede caer en la peligrosa tensión hermenéutica del célebre teléfono descompuesto entre la fuente y sus sucesivos intérpretes, de la traducción literaria se puede conocer, no solo el texto original, sino el mundo del propio texto traducido, es decir, el temperamento del propio traductor.
* Poeta y ensayista.
