Arriba, actores del Teatro Estatal de Salzburgo recrean una escena de “La novicia rebelde” durante una excursión por el Palacio de Leopoldskron. A la izquierda, visitantes posan en la escalinata del Jardín Mirabell donde se rodó la escena en que se canta “Do Re Mi”. Debajo, el público de una representación de la emblemática cinta
Arriba, actores del Teatro Estatal de Salzburgo recrean una escena de “La novicia rebelde” durante una excursión por el Palacio de Leopoldskron. A la izquierda, visitantes posan en la escalinata del Jardín Mirabell donde se rodó la escena en que se canta “Do Re Mi”. Debajo, el público de una representación de la emblemática cinta

VIENA (Por Jim Tankersley y Laetitia Vanco para “The New York Times”).— La niña miró por la ventanilla del tren las verdes y ondulantes colinas de Austria, el país que había visitado en su mente todos los días durante meses. “Papá”, dijo, “¡María estaba en una de esas montañas!”. Se le iluminaron los ojos.

Los austríacos que nos rodeaban no se inmutaron.

Han pasado 60 años desde que la película clásica “La novicia rebelde”, con Julie Andrews, se estrenó en los cines. Sigue encantando a los espectadores pero, a pesar de atraer millones de dólares en ingresos turísticos a su país cada año, desconcierta a muchos austríacos.

La película cuenta la historia de una monja que se convierte en institutriz de siete niños austríacos, les alegra la vida con canciones, se casa con su padre y los ayuda a todos a huir de los nazis. Se basa muy ligeramente en la vida de los Von Trapp, la familia de cantantes que escapó de Hitler y se instaló en Vermont, Estados Unidos, donde todavía dirigen una acogedora posada con excelentes pretzels.

Generaciones de personas se han obsesionado con la película. Entre ellas está mi esposa, Lily, quien la vio repetidamente en formato VHS cuando era niña, y mi hija de cuatro años, Nora, cuya abuela materna se la proyectó el año pasado.

La película ayudó a mi hija a sobrellevar la mudanza familiar a Alemania este año. En pleno invierno berlinés, mientras esperábamos los muebles y un lugar disponible en una escuela preescolar, Nora la veía una y otra vez. Rebautizó a varios animales de peluche con los nombres de los niños Von Trapp —el oso Friedrich, el elefante Gretl— y los dirigió en producciones en vivo. A su muñeca le sale increíblemente bien lo de “De dieciséis a diecisiete”.

Muchas mañanas encontraba a sus amigos de peluche en el sofá, alineados en filas como pasajeros de avión. “Vamos a volar a Austria”, anunciaba.

Así que, como cientos de miles de turistas cada año, nuestra familia reservó un recorrido de “La novicia rebelde” este verano. En los Alpes, mi esposa filmó a nuestra hija mientras daba vueltas, con los brazos extendidos, y entonaba “¡Se siente el cantar que hay en las montañas!”. Luego fuimos a Salzburgo, donde se rodó la mayoría de las escenas emblemáticas de la película.

Estábamos celebrando algo que muchos austríacos no habían visto nunca.

Yo había escuchado de esto, pero no acababa de creerlo. Así que pregunté por ahí. Después de entrevistar al vicecanciller del país, Andreas Babler, en Viena, le hablé de mi próximo viaje a Salzburgo y le pregunté si su hija pequeña conocía la película. “Mi hija vio ‘Rigoletto’” en Salzburgo, dijo. (Es una ópera italiana, no un musical). “Vio ‘Carmen’. No, no vio ‘La novicia rebelde’”.

“Supe de ella cuando tenía veintitantos”, me confesó Judith Kohlenberger, socióloga de la Universidad de Economía y Negocios de Viena.

Leo Bauernberger, director gerente de la oficina de turismo de Salzburgo, vivía en Nueva York a finales de la década de 1980 cuando unos amigos lo invitaron a una función en la que el público podía interpretar las canciones en el Upper West Side. Tuvo que buscar la cinta en una librería. “Todo el mundo la adora”, me aseguró Peter Husty, curador jefe del Museo de Salzburgo, mientras tomábamos café. “Pero no en Salzburgo”.

Teorías

Existen diversas teorías sobre por qué la película, y el musical que la precedió, nunca causaron sensación aquí. Quizá los austríacos no querían revivir el trauma de la invasión nazi, ni ver a algunos de sus compatriotas retratados como colaboracionistas. O tal vez se empacharon de los Von Trapp gracias a una película alemana producida años antes, que se acercaba más a la historia real de la familia y presentaba verdaderas canciones populares austríacas.

A Husty, quien vio por primera vez “La novicia rebelde” cuando se preparaba para curar una exposición sobre la verdadera historia de los Von Trapp, le encantan sus canciones, pero no su geografía. La familia parece cruzar una montaña que colinda con Suiza en su viaje hacia la libertad. En realidad, esa ruta los habría llevado directamente hacia Alemania.

Aun así, Salzburgo está organizando con entusiasmo actos especiales para conmemorar el aniversario de la película este año, incluida una celebración de gala en octubre. Para el año que viene tiene previsto abrir un museo dedicado a la película y a los Von Trapp.

“‘La novicia rebelde’ es un producto muy fuerte aquí”, admitió Bauernberger, responsable de turismo de Salzburgo. “Es un privilegio, absolutamente”.

Pasamos dos días jugando en el set de cine de la vida real. En la Fuente de la Residencia, Nora chapoteó como María (la monja) lo hacía al cantar “Tengo confianza”. En el Jardín Mirabell, vimos cómo turistas que hablaban italiano, chino e inglés recreaban los pasos de baile de los niños en la canción “Do Re Mi” sobre los escalones de mármol mientras sus amigos grababan con sus teléfonos. Nora saltaba a su lado.

En el Palacio de Leopoldskron, que sirvió como exterior de la casa de la familia en la cinta, nos unimos a un “Picnic en el parque” que era como una de las recreaciones que Nora hacía en casa pero con personas reales en los papeles de sus peluches.

“¿Adónde vamos?”, le pregunté a Nora, quien viajó en mis hombros desde el centro de la ciudad. “¡A su casa!”, dijo.

“¡Cantan en su casa! ¿Te acuerdas? ¡E-del-weiss!”.

La actuación empezó en el interior debido a la lluvia. Con el tiempo, la llovizna amainó y la segunda parte se representó junto a un pequeño lago, donde la familia vuelca un bote de remos en una escena que siempre hace reír a Nora. Parecía escéptica ante este espectáculo. Pero cuando María rasgó las primeras notas de “Do Re Mi”, se echó hacia atrás los rizos empapados y sonrió. El público estaba lleno de niñas y niños, algunos susurraban en inglés, otros en alemán y la mayoría también sonreía.

Y no solamente los niños. Después del espectáculo, mi esposa se fijó en lo que parecía una banda de punk británica, que se tomaba fotografías delante del lago. Resultaron ser integrantes de una compañía itinerante de “Cats” que acababa de terminar una serie de representaciones en la cercana Linz y se había embarcado en una peregrinación de un día a los escenarios de “La novicia rebelde”.

Pregunta sin respuesta

¿Por qué? Sesenta años después, ¿por qué la gente sigue organizando viajes en torno a esta película?

Los actores de “Cats” recordaron una conversación que tuvieron la noche anterior, cuando la volvieron a ver en grupo.

“Supongamos que el mundo estuviera acabándose, como ahora, y tuviéramos que elegir 10 películas para resumir la humanidad”, expuso Lucy May Barker, quien interpreta a Grizabella en la producción de “Cats”.

Se volvió a su compañero de reparto Michael Robert-Lowe y le recordó: “Dijiste que ‘La novicia rebelde’ sería una de ellas, por las lecciones que enseña a todo el mundo”.

“Sí”, afirmó Robert-Lowe. “El poder de la propia música para conmover a la gente y unirla”.

“La batalla entre el bien y el mal y ellos escapando al final, creo que es maravillosa”, añadió la directora residente, Dane Quixall. “Vencen y atraviesan las montañas y escapan y se van a comenzar una vida fantástica”.

Dimos las gracias al reparto y tomamos fotos junto al lago. Nora echó un vistazo a un columpio de cuerda que colgaba de un árbol. No aparecía en la película.

“¿Por qué hay un columpio ahí?”, preguntó.

Cuando tienes cuatro años, comentamos después mi esposa y yo, puede ser difícil distinguir la Austria que viste en la pantalla de la que tienes delante.

No importa. En Salzburgo existen las dos para los niños pequeños y para quien quiera sentirse como uno.

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