Hace unos días en el marco de las celebraciones jubilares por el Año Santo se llevó al cabo en Roma el Jubileo de la Consolación. Tal vez haya pasado un poco inadvertido en medio de las otras celebraciones jubilares más mediáticas y masivas que se están llevando al cabo, pero esta celebración tiene su importancia.
Hablar de consuelo es hablar de humanidad, de empatía en medio de un mundo a veces lleno de indiferencia ante el dolor ajeno.
Cuando la tristeza se asoma y el corazón se siente pesado, a veces basta una palabra amable, un gesto sincero o el simple recordatorio de que no todo está perdido. Los días grises no duran para siempre; incluso tras la tormenta más oscura, la luz encuentra el modo de filtrarse entre las nubes.
En los momentos de dolor, permítete sentir, llorar, respirar hondo. Ningún pesar es eterno, y aunque hoy duela, el tiempo y el cariño tienden a suavizar hasta las heridas más profundas. Rodéate de personas que te escuchen y te acompañen; busca la calidez en los recuerdos felices y la esperanza en la promesa de nuevos comienzos.
No tengas miedo de pedir ayuda, de abrir el corazón y dejar que otros te acompañen en el camino. Recuerda que quienes te quieren caminan junto a ti, aun en silencio. Y cuando sientas que el peso es mucho, date permiso de descansar; la vida, poco a poco, encontrará formas de devolverte la paz.
En la vigilia de oración, el papa León XIV decía estas reconfortantes palabras: “Queridas hermanas y hermanos, las lágrimas son un lenguaje que expresa sentimientos profundos del corazón herido. Las lágrimas son un grito mudo que implora compasión y consuelo. Pero aun antes son liberación y purificación de los ojos, del sentir, del pensar. No hay que avergonzarse de llorar; es una manera de expresar nuestra tristeza y la necesidad de un mundo nuevo; es un lenguaje que habla de nuestra humanidad débil y puesta a prueba, pero llamada a la alegría”.
Donde hay dolor surge inevitablemente la pregunta: ¿Por qué todo este mal? ¿De dónde proviene? ¿Por qué me tenía que pasar justamente a mí? En sus Confesiones, san Agustín escribe: “Buscaba yo el origen del mal […]. ¿Cuál es su raíz y cuál su semilla? […] Puesto que Dios, bueno, hizo todas las cosas buenas […]. ¿De dónde viene el mal? […]”. Donde está el mal, allí debemos buscar el alivio y la consolación que lo vencen y no le dan tregua. En la Iglesia quiere decir: nunca solos.
Apoyar la cabeza en un hombro que te consuela, que llora contigo y te da fuerza es una medicina de la que nadie puede privarse porque es signo de amor. Donde el dolor es profundo, aún más fuerte debe ser la esperanza que nace de la comunión. Y esta esperanza no defrauda.— Presbítero Alejandro de J. Álvarez Gallegos, coordinador diocesano para la Pastoral de la Vida
