La Sala de Conciertos del Palacio de la Música se tornó mística la noche del viernes, como si una energía celestial hubiese descendido a la tierra para envolverlo todo.
La Orquesta Sinfónica de Yucatán presentó su programa 6 de la temporada, bajo la batuta, por segunda semana consecutiva, del maestro Enrique Barrios, quien además, como es sabido, se encuentra en competencia por la titularidad de la OSY. Con una dirección dotada de una energía especial, como de quien se juega el alma en cada ademán.
Antes de iniciar, el maestro Barrios se dirigió al público con su habitual calidez. Anunció que las primeras dos obras serían una grata sorpresa de conexión con la tierra y esperaba que todos las disfrutaran. Con esas palabras abrió un programa que comenzó con raíces yucatecas y se elevó a los cielos del repertorio universal.
Bajo la premisa que había compartido previamente en entrevista con el Diario —“la orquesta debe tocar más música de compositores mexicanos”—, llegó el primer tema de la noche: “Ensueño maya, crepúsculo en Uxmal”, del yucateco Efraín Pérez Cámara, una partitura que parecía brotar directamente de la piedra caliza y del aliento del atardecer. Entre cuerdas y alientos se escuchaba el eco de un tiempo detenido, el rumor de la selva, la resonancia del misterio maya. No se tiene registro de que esta obra se haya interpretado en Yucatán en los últimos cincuenta años, y su retorno fue un acto de memoria y reverencia.
Le siguió “Paseo abstracto, luminoso y sonoro”, de Patricia Moya, nieta del propio Pérez Cámara y quien se encontraba entre el público. Su pieza fue un lienzo de luz, texturas brillantes, atmósferas de modernidad y destellos que parecían dialogar con la obra anterior como si abuelo y nieta se saludaran desde dimensiones distintas. Al concluir, el maestro Barrios la invitó al proscenio y los aplausos envolvieron el momento con una emoción genuina, celebrando la continuidad de un legado familiar y musical.
Entonces apareció en el escenario Shari Mason, la solista invitada, envuelta en un elegante vestido morado con destellos luminosos. En sus manos sostenía su violín italiano de 1739, un instrumento que, más que una herramienta, es su cómplice de vida. Con las primeras notas del Concierto número 1 para violín y orquesta de Piotr Ilich Tchaikovsky, la sala entera quedó suspendida.
El primer movimiento, Allegro moderato, fue una mezcla de energía y virtuosismo, el violín abrió un diálogo apasionado con la orquesta, lleno de contrastes entre la fuerza y la ternura. En el segundo, Canzonetta: Andante, la música se volvió íntima, casi confesional; Shari dejó fluir una melodía de melancolía serena, donde cada nota parecía una palabra no dicha. Y en el tercero, Allegro vivacissimo, la intensidad estalló en una danza frenética, luminosa, que recorrió la sala como un torbellino de alegría.
Durante treinta y tres minutos, el público, hipnotizado, siguió el arco de la violinista como si marcara el pulso de un corazón colectivo. En esa secuencia, del ímpetu a la contemplación, y de ahí al júbilo final, Shari transformó el virtuosismo en emoción pura. Su arco trazó en el aire las emociones que Tchaikovsky guardó entre los pliegues del alma, nostalgia, desgarro, dulzura.
Confirmó lo que en días previos había compartido con el Diario: “El violín es una maravilla, es mi compañero de vida y nunca me va a dejar de enseñar algo. Todos los días tengo que seguir aprendiendo, todos los días tengo que seguir estudiando para poder hacerle justicia”.
Y esa devoción se vio, se sintió. Cada nota era una confesión; cada gesto, una conversación con su instrumento. A su alrededor, la orquesta, bajo la guía de Barrios, le tendió un paisaje sonoro de precisión y ternura. Cuando la última nota se extinguió, el público contuvo el aliento antes de romper en un aplauso largo, emocionado. Shari volvió dos veces al escenario con flores en mano, conmovida, para agradecer la ovación que la envolvía como un abrazo.
Tras el intermedio, el ambiente cambió a un sitio de fábulas y cuentos. Con “Till Eulenspiegel’s lustige Streiche” de Richard Strauss (1864-1949), la OSY dibujó musicalmente las travesuras del pícaro medieval alemán. Las maderas reían, los metales jugueteaban y las cuerdas daban saltos de ironía y picardía. Fue un relato orquestal lleno de humor y virtuosismo, que arrancó sonrisas al público atento.
Luego, la suite de “El pájaro de fuego” de Igor Stravinsky (1882-1971) —con sus secciones Introducción, Danza del pájaro de fuego, Variación, Ronda de las princesas, Danza infernal del rey Kastchei, Canción de cuna y Final— llenó la sala con un resplandor casi sobrenatural. La orquesta se expandió en toda su grandeza, dando protagonismo a flautas, oboes, clarinetes, fagotes, trompas, trompetas, trombones, tuba, percusiones, arpa, piano y cuerdas. Todo vibraba en perfecta armonía, como si el pájaro de fuego mismo cobrara vida y danzara entre los músicos.
El final fue una maravilla, el público, de pie, aplaudió con fervor mientras el maestro Barrios presentaba a cada sección de la orquesta, invitándola a levantarse para compartir la ovación, las sonrisas, y toda esa energía viva.
Este concierto se repetirá hoy domingo al mediodía, pero esa noche la OSY no solo ofreció un concierto, encendió una llama. Bajo la dirección de Enrique Barrios la orquesta volvió a recordarnos que la música, cuando se interpreta con entrega y verdad, puede volverse un acto de revelación.— DARINKA RUIZ MORIMOTO


