En el capítulo XI del facsimilar digital (un tipo de fuente muy valioso en nuestro siglo) de la primera edición de “From ritual to Romance (Del ritual a la leyenda)” de Jessie Laidlay Weston, puede leerse una de las reflexiones de la autora en torno al Grial: “The Exoteric side of the cult gives us the Human, the Folk-lore, elements —the Suffering King; The Waste Land; the effect upon de Folk…”.
En este sentido, la referencia a Weston y el poema de Chrétien de Troyes (La historia o cuento del Grial) acota, como pretendió Eliot, el significado del título “The Waste Land”: tierra desolada, yerma, despojada, pero no precisamente desnuda (el nu, de Menasce). Una referencia, un diálogo con “La tierra baldía”, que permitiría admitir que la sola traducción basada en el criterio e ingenio propios del traductor podría resultar, si no errática, tal vez sí imprecisa.
Acaso sin las notas aclaratorias de Eliot, el acercamiento crítico a su poema hubiera adquirido una interpretación distinta, o más bien, hubiera retrasado un poco más el descubrimiento de los paralelismos existentes entre su poema y las fuentes provistas por el poeta.
Las notas de T. S. Eliot confirman que, a partir de un nivel equilibrado de involucramiento, el autor no ha muerto, ni es necesario que muera, al momento, no solo de traducir, sino de comprender, como lector o crítico, el mundo de una obra.
El poema de T. S. Eliot es erudito en sus fuentes, las cuales monta en los versos, no a la manera de una digresión lógica y lineal, sino en fragmentos, un recurso formal moderno y tan atractivo como vigente. La fragmentación, concebida como dispersión y disolución, en la comprensión de la realidad resulta propia de la desazón de un poeta de principios del siglo XX, que admite, con un desasosiego formal, pero meditado, el acabose de una manera estable, fija, de comprender la civilización.
Una fragmentación tan propia del año de Eliot (1922) como contemporánea, particularmente, debido a que, en el siglo XXI, la fragmentación se recibe, ya no como desazón (un embargo que parece haberse asimilado amable y rutinariamente en la actualidad), sino como la única realidad (artística o no) garantizable.
Acaso Hernán Bravo Varela intuyó la contemporaneidad de esta realidad, pues su prólogo buscó actualizar crítica e históricamente, desde México, “La tierra baldía”. Esta visión fragmentada se desenvuelve con sencillez en el siglo actual, ya que el sinsentido (el fragmento de fragmentos) reglamenta la forma vital y conceptual de la vida interior y de las relaciones humanas.
Aunque esa realidad, liberada del pasado y sus permanencias, pero evidentemente baldía (espontánea y de raíces desdibujadas), preocupa (como objeto de estudio, por ejemplo), ya no causa alarma, y tampoco tiene el impacto de una pesadilla, es decir, no es irreal ni azora, como a Eliot.
Su relevancia en el imaginario de las personas tiene, ya no el asombro mediado por un brillante poema, sino la fecundidad de un refrán, al fin que para morir nacimos, sin motivo aparente.
Poeta y ensayista.
