“Qué sería si no nos detuviéramos a observar la belleza de lo humano”
“Qué sería si no nos detuviéramos a observar la belleza de lo humano”

No creo que exista algo más necesario en la educación superior que una buena clase de filosofía. No hablo de esas en las que observas y “escuchas” una presentación de diapositivas mientras las transcribes en una libreta y comienzas a mentalizarte que para el examen tendrás que hacer espacio en tu memoria para las fechas de nacimiento de cada uno de los autores.

Hablo de aquellas clases que se sienten como cualquier cosa menos una obligación. Las que te recuerdan que estás vivo pero que también te cuestionan el por qué, las que te sacan del aula (figurativamente o no), que sacuden tus certezas y te hacen llegar a casa a apreciar la preciosidad de la presencia, la ausencia, la duda y la seguridad.

Todas esas escenas en películas donde vemos a un profesor caminar de un lado a otro diciendo cosas que sólo le hacen sentido a algunos mientras que otros encuentran fascinante no son ficción. Eso pasa en realidad. Lo he vivido y ¡cuánto lo he gozado! Es recibir semillas en la cabeza que en un futuro serán enormes árboles, sin siquiera poder imaginarlo.

Entiendo que el arte no suele ser —aunque debería— relevante para todos, y que tal vez existen cosas más importantes a las cuales prestarles nuestra atención: la política, la economía… pero qué sería de todo eso si no nos detuviéramos a pensar y a observar la belleza de lo humano, de lo cotidiano, de lo que nos hace ser y de lo que hace que el otro también sea.

Vivir de la creatividad es complicado. Rápido solemos olvidar el esfuerzo físico y cognitivo que existe detrás de la mente e imaginación humana. Nosotros armamos desde cero, posiblemente con cansancio en la espalda y lágrimas en los ojos. Eso lo hace más nuestro. Pero qué complicado es entenderlo a profundidad y no rendirnos.

Tal vez hubiera sido más fácil si en esa clase de filosofía hubiéramos prestado atención todos y no sólo unos cuántos. No sé, sólo tal vez.

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