Como cada festividad, recordar a los que ya no están duele, y muchísimo. Día de Muertos o Hanal Pixán no se queda atrás, pero tiene un toque único: esta vez los conmemoramos, los abrazamos, los sentimos cerca, bien cerca, a nuestro lado…
Pero también la animadversión puede ser nuestro mejor aliado para estas fechas. El cómo las vivamos habla lo suficiente de nosotros, de qué estamos hechos y de cómo atravesamos las tragedias. Sin embargo, ninguna está mal. El duelo, valga la redundancia, duele. Arrasa. Destruye.
Es un festividad difícil de explicar. La rodeamos de flores de colores hermosos, de comida que llevamos esperando un año entero y de fotografías que muchas veces se sienten como antiguas, aunque no lo sean.
La llenamos de objetos lo suficientemente deslumbrantes que nos hacen sentir que las lágrimas raspan nuestro rostro, pero que también nos dan la esperanza suficiente para comprender que somos seres finitos y que nadie muere de verdad mientras siga siendo recordado.
Día de Muertos se encarga de abrazar el dolor en colectividad, de saber que todos tenemos a alguien cuyo nombre nos desgarra el alma pero que sabemos en el fondo que esta fecha nos hará sentir que lo tenemos de la mano.
Las pérdidas pesan menos si las recordamos con los aprendizajes que nos dejaron. Citando a Jorge Drexler en uno de sus mejores versos: “Llevo tu sonrisa como bandera”. Y aunque no sepamos con certeza dónde se encuentran los que se nos adelantaron, confiemos en que están… en alguno de muchos lugares… pero están.
(Aprovecho este espacio para decirle a Jorge, Rolando y Leticia que llevo sus sonrisas como bandera).
