Esta década, con cada uno de los años que la conforman, hace sentir al joven la urgencia de comerse al mundo, de acomodarlo todo para que en un futuro las cosas sigan estáticas, como si la certeza verdaderamente existiera.

Vemos jóvenes desesperados por ser adultos, con urgencia de encontrar la casa de sus sueños en la colonia perfecta, de entrar directamente al trabajo que les pagará millones y saber que no tendrán que preocuparse en unos años de nada… aunque no hay nada más lejos de la realidad.

Pero entre esta legítima angustia de haberlo resuelto ya todo, se nos olvida que —tal vez— nuestras prioridades han quedado pies a cabeza, olvidando lo que nos da la verdadera vitalidad de todos los días: los amigos.

Empezamos a vivir en un ambiente individual, en el que velamos únicamente por nosotros mismos sin siquiera pensar por un segundo a todo aquel que nos llevamos entre las piernas. Comenzamos a funcionar como máquinas que sólo crean y crean y crean como si el mundo fuese a acabarse mañana temprano y nada más tuviera importancia.

Olvidamos con frecuencia a quienes hemos escogido a través del tiempo, quienes han permanecido y nos han tomado de la mano en nuestros momentos más complejos. Quienes celebran los logros personales como si fueran suyos, que acompañan al doctor cuando todo asusta, quienes nos mandan un mensaje tan simple como un: “¿cómo estás?” como si nos leyeran la mente, quienes nos hacen reír hasta que los pulmones no puedan del dolor, los que han conocido todas nuestras facetas y, más importante, aquellos con quienes el silencio es sinónimo de comodidad.

Los amigos deberían tener un espacio enorme en nuestra mente y calendario semanal. ¿Quién está ahí cuando el mundo se cae a pedazos? ¿Quién acompaña cuando una pareja nos deja? ¿Quién grita de emoción cuando alcanzamos nuestros logros? Siempre son ellos, y ponerlos en un tercer, cuarto o quinto plano, me parece la más grande de las injusticias.

También creo que una situación profundamente dolorosa es perder a un amigo. No porque haya necesariamente abandonado este plano terrenal, pero sí que se haya despedido —o no— de nuestras vidas y futuros caminos. Tal vez porque cansa estar ahí sin ser visto, o que hayamos encontrado caminos distintos sin querer compartirlos, o simplemente porque nos despedimos de corazón sin hacerlo de manera presente. De cualquier forma, es profundamente doloroso, como una daga.

Entonces creo que tal vez el mayor aprendizaje que he tenido en mis veintes es la gigantesca importancia de cosechar a nuestros amigos. Siempre.

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