NUEVA YORK.— Los problemas que aquejan hoy a miles de carretes analógicos están poniendo en riesgo décadas completas de historia musical, un patrimonio grabado que depende de soportes frágiles y cada vez más inestables. Sin embargo, un ingeniero de audio, armado con herramientas tan simples como secadoras de cabello y una enorme disposición para experimentar, se ha convertido en figura clave en la lucha por preservar estas cintas envejecidas.
Una tarde de la primavera pasada, Kelly Pribble, sentado ante la consola de su estudio en Nueva Jersey, abrió una vieja caja de cartón amarillenta y extrajo con cuidado una cinta maestra del saxofonista de jazz Cannonball Adderley, fechada en 1975. Apenas verla, soltó un lamento: “Un año horrible para las cintas”, dijo mientras la observaba con resignación y experiencia acumulada, según informa “The New York Times”.
Al examinar el carrete de un cuarto de pulgada y colocarlo en la máquina de reproducción, Pribble detectó señales del llamado “síndrome de adherencia”, un problema en el que algunas secciones del material se pegan entre sí, volviendo imposible reproducirlo sin tratamiento. Sin una intervención especializada, la grabación de “Lovers” —una pieza de jazz fusión funk capturada poco antes de la muerte del músico— habría quedado irremediablemente perdida.
Una parte significativa del patrimonio musical grabado del siglo XX reposa en cintas magnéticas, formato estándar desde la década de 1940 hasta la transición a lo digital. Con el paso del tiempo, la cinta analógica se vuelve más frágil y vulnerable a deterioros químicos y mecánicos.
Este reto ha recaído en expertos como Pribble, de 60 años, quien trabaja como conservador de audio en Iron Mountain, una gigantesca empresa dedicada al almacenamiento de archivos. Desde hace 15 años, se mantiene al frente de un esfuerzo poco visible pero indispensable para la industria: salvar cintas antiguas que requieren atención individualizada mediante herramientas improvisadas, aparatos diseñados por él mismo y técnicas que rozan tanto la ciencia como la artesanía.
Archivistas y especialistas coinciden en que los daños en las cintas se han intensificado en años recientes. Algunas de las más vulnerables pertenecen a las décadas de 1970 y 1980, cuando cambios en los procesos de fabricación introdujeron nuevas fragilidades que se manifestaron solo con el tiempo. Si no se conservan adecuadamente, el deterioro progresivo amenaza con borrar grabaciones esenciales para la historia de la música.
“Es una carrera contra el tiempo”, repitió Pribble en varias entrevistas. Con voz suave y aspecto reservado, propio de quien pasó gran parte de su vida en estudios de grabación, se ha convertido en figura destacada dentro del reducido mundo de la restauración de audio. Ha patentado técnicas para reparar cintas gravemente dañadas de cientos de artistas, incluidos íconos como Bob Dylan y Bruce Springsteen. Muchos ingenieros recurren a él cuando el caso parece perdido.
“No por nada le decimos el mago”, señaló Robert Friedrich, supervisor del laboratorio de conservación de audio de la Biblioteca del Congreso estadounidense.
Iron Mountain es una empresa valuada en 25 mil millones de dólares, especializada en gestión de información. Opera más de 1,200 instalaciones en el mundo, entre ellas un enorme complejo subterráneo de 127 hectáreas ubicado en una antigua mina de piedra caliza en Pensilvania. Allí resguarda archivos corporativos y acervos multimedia de estudios de cine, disqueras y clientes como los premios Grammy o el patrimonio de Prince. Sus bóvedas albergan estanterías con innumerables películas, cintas de vídeo y carretes de audio.
Nuevas estrategias
En 2011, la compañía envió a Pribble a Brasil para evaluar miles de cintas afectadas por moho, problema común cuando no se dispone de control climático adecuado. Sin embargo, lo que encontró iba más allá de lo previsto: más de mil cintas estaban tan comprimidas que formaban bloques sólidos, y en algunas superficies se había filtrado un lubricante aceitoso.
Otro deterioro común en cintas de los años 70 y 80 es el “síndrome de desprendimiento pegajoso” o hidrólisis, deterioro del material que mantiene adheridas las partículas magnéticas. La solución conocida consiste en “hornear” las cintas, un proceso que reduce la humedad y permite reproducirlas temporalmente. Pero lo que Pribble encontró requería soluciones inéditas.
Durante tres años desarrolló prototipos y experimentó sin descanso. Llamó a especialistas de la Biblioteca del Congreso y otras instituciones, sin encontrar precedentes. “Esto no lo había visto nunca”, le repetían.
En 2018, tras una presentación en la Sociedad de Ingeniería de Audio, Kevin Przybylowski se acercó a él al reconocer similitudes con problemas detectados en cintas maestras de Bob Dylan. Un conjunto de 63 cintas multipista de los álbumes “Empire Burlesque” y “Knocked Out Loaded” mostraban adherencias más allá de sus capacidades. Por ello decidió remitir a Dylan con Pribble, aun si significaba perder el encargo. “Era lo mejor para las cintas”, aseguró.
El proceso que desarrolló Pribble consiste en sumergir las cintas durante semanas en una solución de agua desionizada cuya fórmula mantiene en secreto. Luego las pasa por un limpiador ultrasónico que envía microburbujas para separar las capas sin dañarlas. Después procede al secado en una máquina de rebobinado húmedo creada por él mismo a partir de un bastidor de estudio, un ventilador y cuatro secadoras de cabello Revlon montadas estratégicamente.
¿Por qué ese modelo de secadora? “El precio”, respondió encogiéndose de hombros.
La discreción de Iron Mountain es extrema: incluso sus propios clientes desconocen detalles técnicos. “Solo nos dijeron que podían tratarlas”, señaló Mark A. Davidson, curador del archivo de Bob Dylan. “Y que era información propietaria”.
Aun así, los resultados hablaron por sí mismos. Gracias al trabajo de Pribble, grabaciones descartadas de “Empire Burlesque” pudieron incluirse en “Springtime in New York: The Bootleg Series, Vol. 16”.
Pribble inició su carrera en estudios de Nashville en los años 80 y llegó a Iron Mountain en 2010, cuando la industria musical atravesaba cambios profundos. Allí descubrió su vocación por la preservación. “Estaba trabajando con discos que escuché toda mi vida”, recuerda. “Y de repente tenía sus cintas maestras en mis manos”.
Sobre los problemas químicos que afectan estas cintas, especialistas como George Blood admiten que aún no existe una explicación concluyente. Una teoría recurrente apunta al cambio industrial de lubricantes orgánicos a sintéticos en los años 70, lo que generó nuevas complicaciones como la adherencia.
Antes del proyecto de Dylan, Pribble trató 350 grabaciones en vivo del archivo de Springsteen, de las cuales más de 100 presentaban “síndrome de pérdida de lubricante”. Para este caso utiliza pellón —material adhesivo usado en salones de depilación— montado en un mango de PVC, que pasa por los carretes para limpiar el exceso pegajoso canción por canción. La reparación suele durar treinta días, tiempo suficiente para digitalizar el contenido.
Nadie sabe con precisión cuánta música está en riesgo. Aunque los problemas más graves no son universales, sí afectan un número considerable de cintas. Ingenieros como Kevin Gray relataron que en proyectos de reedición han debido recurrir a copias de seguridad debido a cintas fusionadas, como ocurrió con dos pistas del álbum “Fleetwood Mac” (1975). “La diferencia es sutil”, dijo, “pero existe”.
Asimismo, el costo es un factor decisivo: empresas con catálogos extensos deben balancear restauración y rentabilidad. Ejecutivos de Concord calculan que sanear su archivo podría costar millones de dólares.
Y las cintas maestras finales son solo una parte del acervo. Archivos familiares y de artistas siguen descubriendo cintas olvidadas con sesiones inéditas que requieren evaluación especializada. “¿Hasta qué punto es frágil la historia?”, se preguntó Adria Petty. “Todo debería transferirse… ¿pero a qué costo?”.
Aunque Iron Mountain se presenta como parte de una red colaborativa para preservar el patrimonio, otros ingenieros consideran que guarda demasiados secretos. “Si tienen alguna fórmula mágica”, dijo Dan Johnson, “sería bueno que los demás la conociéramos”.
Aun así, todos coinciden en que la misión es común: evitar la pérdida irreparable. Por ello Pribble trabaja ahora en máquinas automatizadas que permitirán replicar sus técnicas en talleres satélite. “Siempre dicen que no pueden clonarme”, apuntó. “Esto es lo más cercano a clonarme”.
