Una persona con prisa en la calle es un peligro para los demás.
Si tienes hijos, si caminas, si corres, si te mueves en moto… lo sabes.
Alguien que va tarde, acelerado o distraído pone en riesgo a otros por no haberse organizado —o por vivir en urgencia permanente.
La vida no es tan distinta. La prisa suele venir disfrazada de justificación: me urge ese trabajo, me cierran la puerta, necesito esa venta, no soy el jefe.
Pero si lo pensamos con calma, solo las ambulancias tienen permiso de vivir con prisa. Los demás tenemos la responsabilidad de trabajarnos. No vivir con prisa no es lentitud.
Es haber elegido mejor.
Es haber soltado opciones que no tocaban.
Es construir una relación sana entre causa, tiempo y espacio.
La prisa no es aspiracional. Es caos, urgencia, egoísmo, desorden.
La calma, en cambio, sí es elegante.
¿Y en qué podemos invertir hoy para vivir con calma?
Primero, en administración del tiempo.
Cuando sabes exactamente a qué le dedicas tiempo —y a qué no— la prisa disminuye. Eso es lujo. Y no siempre se paga con dinero, sino con hábitos y valores que te devuelven libertad. Cuando eliges conscientemente, el tiempo deja de traslaparse y la urgencia pierde fuerza.
Segundo, en libertad emocional. A mis vendedores siempre les digo: no vendas con hambre, no muestres urgencia. El hambre no vende. La prisa se siente.
La libertad emocional es poder cerrar un tema y abrir otro sin cargar la energía del anterior. Es pasar de cobrar a planear una cena con tu pareja sin contaminar el momento. Eso también es éxito.
Tercero, en libertad financiera. Como bien dice mi hermano: lo que no resuelve el tiempo, lo resuelve el dinero. Para bien o para mal. Sentirte capaz de producir dinero reduce la urgencia, baja la ansiedad y te devuelve presencia.
La prisa no es inevitable. Se trabaja.
Mi nombre es Alejandro Granja-Peniche y deseo que tengas más presente.
En mis redes comparto la versión extendida de esta columna, donde profundizo en más herramientas para vivir con calma.

