La música tradicional no pide permiso para entrar: aparece, convoca y enlaza. Así ocurrió en Mérida con el taller de son jarocho impartido por Violeta Romero Granados, bailadora, música, gestora cultural y maestra, invitada por el Colectivo Son Jarocho de Mérida.
En entrevista con Diario de Yucatán, la artista compartió su trayectoria, su mirada sobre el arte comunitario y la experiencia que dejó su visita a la capital yucateca. La sesión, nutrida y acompañada por destacados músicos, se convirtió en más que un momento formativo, también fue un encuentro sensible donde la danza, el canto y la percusión tendieron un puente entre Veracruz, Yucatán y otros territorios del país.
Desde joven, Violeta encontró en el movimiento y la música una forma natural de expresión. Comenzó a bailar a los 10 años y transitó por distintos géneros hasta que, alrededor de los 18, hizo un hallazgo: el fandango, la fiesta tradicional del son jarocho. No fue solo la música lo que la cautivó, sino la manera en que todo sucedía sin acuerdos previos, sin jerarquías visibles, con personas tocando y bailando de forma orgánica, como si la celebración se guiara por una lógica propia. Ahí nació un vínculo que ya suma más de 25 años.
Ese enamoramiento la llevó a viajar a las comunidades del sur de Veracruz, a convivir con músicos tradicionales y a aprender desde la raíz. Durante una década formó parte del entorno de la familia Utrera, una estirpe de varias generaciones dedicada al son jarocho. Con ellos aprendió no solo a zapatear y a tocar, sino a entender la música como un acto comunitario que no excluye a nadie, niños, adultos y personas mayores comparten el mismo espacio, el mismo pulso. La figura de don Esteban Utrera, patriarca de la familia, permanece como símbolo de esa energía inagotable que define al fandango; el ánimo de seguir tocando, de seguir celebrando la vida.
Ese camino de aprendizaje y convivencia abrió nuevas rutas. Violeta es hoy integrante del grupo Caña Dulce y Caña Brava, un ensamble integrado principalmente por mujeres, con un enfoque que reivindica la mirada femenina dentro del son jarocho. En un género donde gran parte de la poesía tradicional ha sido escrita desde la voz masculina, el proyecto propone versos y cantos que hablan desde la experiencia de las mujeres, sin perder la esencia de la tradición. La versada que interpretan es original y surge del trabajo colaborativo con poetas de la región del Sotavento, dando lugar a una sonoridad honesta y profundamente contemporánea.
Aunque es originaria de Ciudad de México, Violeta se reconoce como “adoptada jarocha”. Vivió muchos años en la región de Coatepec, Veracruz, y actualmente reside en Michoacán, desde donde mantiene una dinámica constante de viajes y trabajo.
“La música no se limita al escenario”, comparte; implica gestión cultural, organización, docencia y una presencia activa en proyectos colectivos. Para ella, vivir de la música es una realidad cotidiana que exige disciplina, estructura y compromiso, además de pasión.
Su visita a Mérida tuvo también un componente personal. La ciudad forma parte de su memoria afectiva desde la infancia y regresar significó reencontrarse con espacios y recuerdos familiares. En ese tránsito, surgió la invitación para impartir el taller de zapateado, una oportunidad que aceptó como una forma de conocer a la comunidad local interesada en el son jarocho. Mérida, ciudad en constante transformación, alberga hoy a personas de distintas regiones del país, entre ellas veracruzanos que han llevado consigo su música y sus tradiciones.
El taller dejó claro que el zapateado del son jarocho es, ante todo, música, como dijo Violeta. “Los pies no solo acompañan: son la percusión principal, el latido que dialoga con las jaranas y el canto”, además enfatizó que no se trata de hacerlo “mejor” que otros ni de buscar una apariencia determinada, sino de expresarse. El fandango y el son jarocho son espacios donde caben el enojo, la alegría, la inspiración y la esperanza; donde cada emoción encuentra su lugar en el ritmo.
Violeta vive de la música y lo dice con claridad. Conciertos, talleres, proyectos culturales y docencia conforman su sustento y su vocación. Para quienes dudan en dar el salto hacia una vida artística, su mensaje es directo: confiar, trabajar con pasión, pero también con rigor. No romantizar el oficio, sino asumirlo con responsabilidad, constancia y apertura, sin perder la magia que hace que cada presentación sea única.
El encuentro en Mérida fue, en ese sentido, una celebración de los vínculos que la música y la danza crean entre territorios. El son jarocho, nacido en Veracruz, encontró eco en Yucatán a través del cuerpo, la tarima y la voz compartida. Más allá del taller y de esta conversación con el Diario, quedó la certeza de que estas expresiones siguen vivas porque se transmiten de persona a persona, de estado a estado, como un pulso común que reconoce la diversidad y la convierte en comunidad.— Darinka Ruiz Morimoto
De un vistazo
Danza contra el aislamiento
Durante la pandemia, Violeta Romero impartió clases virtuales de zapateado a personas que vivían en otros países. Si bien reconoce que ese período afectó la convivencia social, también permitió conexiones impensables, encuentros humanos que trascendieron la pantalla. Más que transmitir técnica, esas clases se convirtieron en momentos de acompañamiento y diálogo, una forma de resistir al aislamiento desde el arte. Incluso confesó que una de esas conexiones especiales en línea la acercó a Mérida nuevamente.
