Cuando se reflexiona sobre la educación, lo primero es no limitarla únicamente al ámbito escolar, ya que al hablar de educación también se habla del Evangelio, dijo el arzobispo de Xalapa, monseñor Jorge Carlos Patrón Wong.
Para quienes creen en Jesucristo, educar es evangelizar, sostuvo el prelado yucateco durante la conferencia “Desafíos actuales de la educación de hoy y su impacto en la espiritualidad”, impartida ayer en un desayuno espiritual en el Seminario Menor “San Felipe de Jesús”. Señaló que no es posible educar de otra forma que no sea desde el modelo de Jesucristo, quien desde la fe es camino, verdad y vida.
Indicó que esta afirmación es una verdad fundamental, pero planteó el reto de evitar que se perciba como doctrinal o impositiva dentro del ámbito educativo. Subrayó que no se puede dudar de que la felicidad se realiza a partir de un único modelo antropológico: la persona de Jesucristo.
Monseñor Patrón Wong expresó que todas las ciencias y realidades tienen como faro central la persona de Jesucristo y su forma de vivir. Aunque los contextos cambian, existen realidades tan humanas y espirituales que permanecen, por lo que hablar de educación hoy implica referirse a signos y gestos educativos.
Explicó que todo gesto educativo forma y educa: escuchar a un joven, saludarlo, tratarlo como persona, hablarle con respeto, evitar gritos y practicar la paciencia. Señaló que estos gestos, aun sin palabras, constituyen evangelización.
Añadió que Jesús evangelizaba a través de gestos concretos de ternura, paciencia, curación, escucha y libertad. Esos gestos educaban y formaban a las personas.
Subrayó que la educación es, ante todo, relación, y las relaciones humanas son lo más importante. Compartió que recientemente sostuvo una reunión sobre el futuro inmediato de la Universidad Marista, en la que se abordaron cambios, pero destacó que lo esencial es mantener y fortalecer un ambiente de relaciones familiares.
Remarcó la importancia de que exista un ambiente de familia, en el que maestros y directivos establezcan relaciones adultas con los jóvenes, con actitudes de paternidad o maternidad, basadas en el cariño, el respeto y la paciencia.
También es fundamental promover relaciones sanas entre los propios jóvenes, basadas en la amistad, la fraternidad y la aceptación de las múltiples diferencias. En ese sentido, afirmó que la educación es gesto, relación y cultura.
Precisó que la cultura se refleja en lo que se vive, se escucha, se habla y en la forma en que se ocupa el tiempo. Reiteró que al hablar de educación se habla de un gran proceso de evangelización, en el que la escuela es importante, pero no el único espacio formativo.
El Arzobispo destacó que el Evangelio no envejece, sino que renueva todas las cosas, mientras que las personas sí envejecen y a veces transmiten el mensaje con formas obsoletas. Reconoció que aprender a comunicar el Evangelio a las nuevas generaciones es un desafío constante.
Admitió que ha aprendido al dialogar con sacerdotes jóvenes sobre nuevas formas de comunicar el mensaje, ya que el Evangelio puede parecer viejo por la manera en que se vive y se expresa, lo que puede resultar lejano para los jóvenes.
Puso como ejemplo una enseñanza del papa León XIV, quien señala que cada generación escucha el Evangelio con una novedad distinta. Invitó a preguntar a niños y jóvenes qué les llama la atención de un pasaje evangélico, lo que, aseguró, puede resultar sorprendente.
El entorno actual es complejo, fragmentado y digitalizado, por lo que la educación, la formación y las relaciones deben buscar un equilibrio. No se debe condenar la complejidad, sino simplificar la vida y fomentar la unidad.
Ante un mundo digitalizado, es necesario apostar por lo presencial, compartir la vida y priorizar las relaciones humanas, especialmente en el ámbito familiar.
Exhortó a no complicarse la vida, recordando la sabiduría de los abuelos, quienes enseñan que, pese a la abundancia de opciones, se puede optar por lo esencial y vivir con sencillez.
Existe una contradicción frecuente entre el discurso y la vida cotidiana, y que la coherencia es clave en el proceso educativo. Destacó que al final, el diálogo entre fe y razón es fundamental.
El prelado afirmó que la Iglesia es madre y maestra, no por supremacía, sino por servicio. Subrayó que en el siglo XXI la Iglesia debe presentarse de manera humilde y servicial, fiel al Evangelio.
Pidió fomentar signos sencillos de fe en los hogares, como la presencia de un crucifijo o una imagen de la Virgen, así como realizar pequeñas oraciones y bendiciones en familia.
La misión de la Iglesia es que las personas tengan vida en abundancia, tanto en la tierra como en la eternidad. Destacó la importancia de que niños y jóvenes vivan los procesos de enfermedad y muerte de sus seres queridos como parte de su formación.
Finalmente, exhortó a las instituciones y personas con identidad católica a unirse en redes de colaboración, buscando convergencias en lugar de rivalidades para afrontar los retos actuales.
Reflexionó también sobre el uso de la tecnología, señalando que el progreso tecnológico es deseado por Dios, pero que no puede sustituir lo verdaderamente humano. Llamó a humanizar la tecnología y no permitir que esta deshumanice a las personas.
Durante su exposición, citó el pasaje bíblico de la Epifanía y el ejemplo de los Reyes Magos, quienes siguieron la estrella hasta encontrar al Niño Jesús, recordando que el objetivo final es el encuentro con Cristo.
La conferencia se basó en la carta apostólica del papa León XIV titulada “Diseñar nuevos mapas de esperanza”, inspirada en el Concilio Vaticano II y en la importancia de la educación.
Al evento asistieron numerosas personas, entre ellas el arzobispo emérito de Yucatán, monseñor Emilio Carlos Berlie Belaunzarán; religiosas y sacerdotes, encabezados por el presbítero Ricardo Atoche Enseñat, rector del Seminario Conciliar, quien dio la bienvenida.
El programa del desayuno conferencia incluyó la entrega de un reconocimiento al arzobispo Patrón Wong, la proyección de vídeos y la rifa de regalos. El evento fue organizado por el Apostolado Serra, la Preparatoria Yucatán y el Seminario Conciliar.— Claudia Sierra Medina



