• Sonia Castillo Alfaro hace realidad vestuarios de fantasía
  • El traje de Pedro Picapiedra espera a su próximo cliente en una tienda de renta de disfraces en la calle 42 con 83 del Centro. Ahí, indica su encargada, Indira Reyes, las familias carnavaleras —eso incluye a la mascota— encuentran el traje que necesitan para participar en las fiestas de Momo, que comenzarán el miércoles 11
  • El rumbero es invitado obligado al Carnaval y las rentadoras de trajes le ofrecen varias opciones de vestir
  • En los días de Carnaval aumenta la demanda de vestuario y máscaras alusivos a personajes de ficción, como el Hombre Araña, Hulk, Batman e Iroman
  • Indira Reyes muestra un traje de Iron Man, una de las opciones para salir a festejar en las carnestolendas

Con 35 años de experiencia detrás de la máquina de coser, Sonia Castillo Alfaro ha trabajado en la confección de trajes para Carnaval, festivales escolares y fin de curso, un oficio que continúa vigente, aunque muchas veces es poco valorado.

Entrevistada por el Diario, la modista compartió que nunca ha tomado un curso formal de costura, todo lo ha aprendido por su cuenta y por personas a las que fue conociendo en el camino y le enseñaron el oficio, que se volvió su sustento.

A lo largo de los años aprendió que confeccionar un traje significa mucho más que solo coser, ya que el trabajo también consiste en conseguir telas específicas y accesorios, adaptar ideas y, muchas veces, resolver con lo que se tiene a la mano.

Dejó en claro que no todas las máquinas sirven para todo. Muchas costureras trabajan con máquinas caseras que no permiten adaptar accesorios especiales; ella, con ingenio ha resuelto sus creaciones con su propia máquina. “Mayormente son las industriales a las que se les pueden adaptar diferentes zapatillas”.

Un claro ejemplo lo representan los disfraces de Carnaval, que requieren técnicas distintas en su confección, como pegar piezas con silicón líquido o frío, usar lentejuelas, galones, tul y raso, y lograr que una idea —a veces muy específica— se vuelva realidad. “Te traen una idea y hay que sacarla a como dé lugar”, indicó.

La mayoría de sus pedidos provienen de escuelas, por lo que los trajes suelen ser para infancias. Sin embargo, también confecciona vestuarios para adultos, incluidos ballets folclóricos.

Tiene trabajo todo el año, pero hay temporadas en que la demanda aumenta, como en Carnaval, diciembre y los fines de curso, que mantienen la agenda llena.

Cuando los pedidos se acumulan a veces tiene que rechazar encargos, ya que prefiere dedicarle tiempo a sus pedidos anticipados y darles una atención detallada.

Accesorios para el Carnaval

Actualmente trabaja en varios vestidos para el Carnaval: seis azul rey, tres blancos y otros más que están por definirse. Además de confeccionar los trajes, también elabora los accesorios —sombreros, penachos o lo que le pidan—, para lo cual tiene la ayuda de su hijo Vladimir y de una persona que la apoya durante la temporada alta.

Los precios varían según la tela y los detalles. Para niñas, un traje ronda los $500, aunque puede llegar a $700 con una tela de mayor calidad. El de adulto suele costar entre $600 y $700.

Las telas más usadas en los disfraces siguen siendo el raso y el tul, además de las lentejuelas. En cuanto a las tiendas donde compra los materiales, señaló que por ahora sus precios se mantienen estables, aunque en algunas son más altos que en otras. Los lugares con mayor variedad y calidad son los que todos conocen, pero hay comercios de reciente apertura que ofrecen telas de buena calidad, aunque no botones y cintas.

Sonia busca adaptarse al presupuesto de sus clientes. “Yo les doy opciones: ‘Hay esta tela de tanto o esta tela otra; ya es al gusto’”, explicó, y aseguró que procura que sus clientes estén felices.

Asume riesgos

Esa forma de trabajar le ha valido recomendaciones de sus clientes. La confianza de ellos la ha llevado incluso a asumir riesgos, como cuando una familia le presentó tela comprada fuera del país para confeccionar disfraces para varias hijas. “Me arriesgué a hacerlo y (el cliente) quedó feliz”, recordó.

Durante el confinamiento por la pandemia de Covid-19, lejos de quedarse sin trabajo encontró una nueva oportunidad: se dedicó a hacer cubrebocas y llegó a producir entre 500 y 600 al día. “Hasta para eso tuve la bendición de no quedarme sin trabajo”.

Los vendía a bajo precio, incluso a $10, usando telas que tenía o recicladas.

Sobre el futuro del oficio, no cree que la confección artesanal desaparezca. Para ella, la ropa hecha en serie no reemplaza el trabajo a la medida. “Siempre habrá algo que no acepten de esa ropa”, opinó y manifestó que el ajuste, el trato y la posibilidad de elegir hacen la diferencia.

“A mí me gusta dar buen trato”, puntualizó.

Añadió que su trabajo le ha permitido sacar adelante a su familia de manera honrada. Reconoció que no haber tenido una educación formal no fue un impedimento y que, incluso cuando parece difícil, es posible lograrlo. “Aunque a veces digas ‘no voy a poder’, sí se puede”.

Hay que “pensar que siempre va a haber trabajo, porque a mí nunca me ha faltado”, concluyó.