El año pasado, en una ceremonia de graduación de sexto de primaria, presencié una escena que me marcó. Tres niños lloraban porque no querían dejar la escuela. No querían cambiar de salón, de amigos, de rutina. No querían dejar de ser niños.
La secundaria no era solo un nuevo edificio. Era lo desconocido. Era crecer… Y crecer duele.
Todo ser vivo está diseñado para expandirse. Un árbol no debate si debe crecer; simplemente lo hace. Pero en los seres humanos la expansión implica decisiones: dejar hábitos, cambiar entornos, despedirse de personas, soltar versiones antiguas de nosotros mismos.
Expandirse no significa dejar de amar lo que fue. Significa hacer espacio para lo que viene.
Cuando el crecimiento se asimila de manera consciente —procesando emociones, tomando responsabilidad y aceptando el cambio— la expansión se convierte en evolución, pero cuando nos resistimos y postergamos lo evidente, aparece el caos.
En algunos estudios de la Kabbalah se habla del caos como ese estado que llega a sacarnos de la comodidad. Hay una frase que me quedó grabada: “Muévete antes de que el caos te mueva”.
Porque si no lo hacemos voluntariamente, la vida encuentra la forma.
A veces llamamos destino, karma o mala suerte a lo que en realidad es crecimiento postergado. No es castigo. Es orden natural. Los sistemas que no crecen se estancan. Y lo estancado, tarde o temprano, se rompe.
Crecer duele incluso cuando lo hacemos bien. Duele dejar una relación, cambiar de mentalidad, aceptar un error, pedir ayuda. Pero hay una diferencia enorme entre el dolor que construye y el dolor que se repite.
Hoy estoy viviendo procesos donde crecer implica incomodidad. Y he entendido algo: el dolor no siempre es enemigo; muchas veces es señal. Señal de que algo necesita moverse. Señal de que es momento de hacerme responsable.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche, y mi invitación es simple: no esperes a que el caos te arranque de donde estás. Crece antes.
En mis redes comparto la versión extendida de esta reflexión.

