ESTE ES MI HIJO: ¡ESCÚCHENLO!
San Mateo sitúa la transfiguración de Jesús en su última subida a Jerusalén y a los seis días de haber anunciado la pasión a sus discípulos. La Iglesia celebra este misterio apenas comenzada la cuaresma, que ha de ser para los cristianos como una marcha penitencial hacia la Pascua.
Jesús tomó consigo a los tres discípulos que le acompañarán de cerca en Getsemaní, porque quiere que sean testigos de su gloria, precisamente los que señaló para que lo sean en el momento de su agonía.
Moisés y Elías aparecen con Jesús, en quien se revela Dios definitivamente. Esa transfiguración de Jesús fue una manifestación de Dios en la que se anticipó la gloria de la ascensión de Jesús a los cielos.
La luz, la nube y la voz que viene de ella son símbolos frecuentes en las teofanías. También es característico en ellas el temor y el gozo que suscita la manifestación de Dios: es lo tremendo y fascinante que acompaña siempre a la experiencia religiosa.
San Pedro creyó que llegó la hora del triunfo, y por eso quiso detener el tiempo y la marcha hacia Jerusalén. San Pedro no entendió nada, no comprendió que Jesús tenía que morir en Jerusalén (por eso Moisés y el profeta Elías estuvieron hablando con Jesús de lo que “había de cumplirse en Jerusalén”). Así pues, el relato de la Transfiguración es una de las tres grandes revelaciones que Jesús hace del misterio que se oculta bajo la realidad sencilla de un hombre cualquiera.
En esta ocasión Jesús, por un instante, rasgó el velo de su humanidad común y reveló el misterio que hay en Él.
