“Si fuera más guapa y un poco más lista, si fuera especial, si fuera de revista… Tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarte: ¿quién eres?” —La Oreja de Van Gogh
En gustos se rompen géneros, y más en los musicales y así es como La Oreja de Van Gogh, por mucho, es uno de mis grupos españoles favoritos. Aunque no esté muy al tanto de los líos faranduleros entre Leire y Amaia, vocalistas en diferentes épocas del grupo, su discografía es tan grande que me he perdido de melodías hermosas entre sus sencillos y hits de moda, lamentándome por no haberlas escuchado antes.
Hace pocos meses, llegó como huésped a casa el mejor amigo de nuestra pequeña familia de dos. Español por adopción, amante de las plantas y de la buena charla, las noches se volvían madrugadas con las personas que estas ocasiones reunían.
“Alexa” parecía hartarse de nuestras órdenes de repetir una y otra vez las mismas canciones e intentaba boicotearnos cambiando la “playlist”, pero insistíamos con aquello de: “por eso esperaba con la carita empapada que llegaras con flores, con mil flores para mí…”.
En un momento dado, se escuchó una tonada para mí desconocida, que me pareció espectacularmente nostálgica y con un toque de romanticismo de esos que encantan. Puse atención en el título, “Jueves”, y desde ese momento se convirtió en mi himno al amor, a ese en el que a pesar de la edad uno cree que existe en algún lugar escondido para florecer en un campo hostil.
Hace un par de semanas venía cantándola en el auto, cuando mi hija comenzó a hacerme la segunda. Asombrada de que se la supiera y de compartir ese rato tan entrañable, no pude evitar preguntarle cómo conocía tan bien la letra, pero su respuesta cambió totalmente mi visión, resignificando de manera absoluta mi sentimiento por esa canción:
“Mamá, ¿no recuerdas cuando era chiquita y nos enteramos de los atentados en las estaciones de tren en Madrid del 11 de marzo?”.
Mientras yo intentaba ponerle sentido a sus palabras, ella continuó diciéndome que esa canción fue escrita por La Oreja de Van Gogh en honor a las víctimas, basándose en la historia real de una chica que perdió la vida ese día, y cuya narrativa fue encontrada de manera póstuma en su diario.
Como un flashazo vinieron a mi mente los nombres de Atocha, El Pozo, Santa Eugenia, el caos desatado que cambió el rumbo de tantas personas en solo una fracción de segundo.
En esos momentos, mis ojos empezaron a llover, el dolor se acomodó a mi lado para escuchar: “Y ya estamos llegando, mi vida ha cambiado / Un día especial este once de marzo / Me tomas la mano, llegamos a un túnel / Que apaga la luz…”.
Tomar conciencia puede resultar abrumante ante un tributo de amor, donde el final feliz no existe y que muchos se llevaron consigo sin oportunidad de una despedida.
Ese día oscuro hace más de 20 años, y otros hechos de violencia que se suman anterior y posteriormente, a pesar de los esfuerzos que intentan las organizaciones por la paz, nos obligan a poner sobre la mesa la necesidad urgente de diálogo y acciones precisas para contener esa ola de destrucción que nos afecta a todos.
Resultaría iluso de mi parte pensar que con buenas intenciones de nuestra parte o de los gobiernos estas situaciones llegarían a su fin, son asuntos más complejos. Pero, dentro de todo, que alzar la voz por quien no la tiene se convierta en un deber, que nuestro ruido estorbe, que la pasividad no sea cómplice y en este mes de marzo, cuando el pasado golpee, que “Jueves” sea un recordatorio de que el amor y la memoria pueden ser más fuertes que la violencia y el olvido. Que suene fuerte, que suene claro: ¡Nunca más!
*Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
