El salón Uxmal del Centro de Convenciones Siglo XXI se convirtió, anteanoche, en un espacio de celebración en torno a la obra de Agustín Monsreal en el homenaje “Del cuento breve a la eternidad: Agustín Monsreal rumbo a sus 85 años de vida”.
Acompañado por Carlos Martín Briceño y Joaquín Tamayo, con la moderación de María Teresa Mézquita Méndez, directora de la Filey, el escritor yucateco habló, entre otras tantas cosas, de la literatura como destino y como ejercicio de vida.
Nacido en Mérida el 25 de septiembre de 1941, dejó ver que, más allá de reconocimientos y homenajes, su mirada sigue anclada en el trabajo cotidiano de la escritura. “Lo que sí he tratado es llevar al cabo el trabajo literario verdaderamente como un destino, no como un oficio, no como una profesión y menos aún como un negocio, como una posibilidad de obtener reconocimiento, de estar todo el tiempo bajo los reflectores, ese tipo de cosas que en realidad son las que estorban para el trabajo literario”, expresó.
El autor insistió en escribir no para la visibilidad inmediata, sino como una vocación sostenida en el tiempo. “Creo que mi vida ha ido por ese rumbo la mayor parte del tiempo. Cuando viene la publicación de un libro, recibir un premio, pues sí, salgo a los reflectores, me acerco al ladrillo y allí estoy”, dijo, aludiendo con ironía al riesgo de dejarse seducir por el reconocimiento.
Condecorado con el Premio Nacional de Artes y Literatura 2025, Monsreal reconoció que, en un inicio, no alcanzaba a dimensionar el significado de dicho reconocimiento. “Lo confieso, no tenía idea del tamaño de lo que significaba el premio y el tamaño del trabajo que requería, no solo la postulación, sino el después (…) Lo que me llevó también a hacer una especie de inventario de mi vida, de mi vida personal y de mi vida literaria, porque fue empezar a recapitular todo, paso a paso, cada uno de los tramos que he recorrido en la vida, la literatura y ese inventario no tienes idea de cuánto me hizo recapacitar, recapitular, reencontrar una serie de cosas que ya tenía prácticamente olvidadas”.
En su mensaje, el escritor, ganador de múltiples distinciones a lo largo de su trayectoria, advirtió también sobre los peligros de la soberbia. “Aprendí casi desde el comienzo que hay que treparse al ladrillo, pero bajarse rapidito. Porque si no, empiezan los susurros, las fascinaciones de la soberbia, del engaño y entonces se engolosina uno, y yo prefiero no hacerlo para poder mantenerme en el trabajo cotidiano que es lo que realmente me sigue impulsando”.
En ese mismo sentido, compartió su sorpresa ante el respaldo institucional y académico que acompañó su postulación. “Ah, caray, esto está más grandote de lo que yo suponía. No quería, no había querido darme cuenta, es más, creo que todavía no me doy cuenta de lo grandote que es, si soy sincero”, confesó, al tiempo que subrayó el esfuerzo colectivo detrás del reconocimiento.
El homenaje, aclaró, no fue consecuencia del premio, sino un proyecto previo que adquirió nuevas resonancias tras el anuncio del galardón. “Esta noche fue programada antes del premio. No es que haya sido consecuencia del premio, sino que Teté y yo ya habíamos hablado, ya me había avisado de lo del homenaje. Son dos cosas distintas y dos cosas muy grandotas para mí y creo que para algunas personas más”.
En su intervención, el autor evocó, ya con un tono más anecdótico, cómo conoció a quienes lo acompañaron en la mesa. Recordó, por ejemplo, sus primeros encuentros con María Teresa Mézquita en una larguísima entrevista de más de una hora en una sala de pintura del Macay.
Sobre Joaquín Tamayo, reconoció que la memoria no le permite ubicar el inicio del vínculo, aunque sí su evolución: “Solo sé que poco a poco nos fuimos haciendo amigos”. Esa amistad, dijo, se construyó entre debates, complicidades y largas conversaciones que terminaron por consolidar un lazo duradero.
En el caso de Carlos Martín Briceño, la relación surgió en el ámbito formativo: “Carlos entró al taller (de literatura), era un mocoso y pues yo ni en cuenta que llegaba ahí, pero empezó realmente a plantarse como un excelente alumno y después ya con pie firme en la literatura y especialmente con el cuento”.
También evocó cómo conoció a Patricia Martín Briceño, secretaria de la Cultura y las Artes, quien estuvo en el homenaje y tuvo a su cargo el mensaje de bienvenida, en el que destacó que la obra de Agustín Monsreal ha conseguido un lugar propio dentro de la literatura mexicana.— IVÁN CANUL EK
