“ENTONCES ENTRÓ EN EL SEPULCRO, Y VIO Y CREYÓ”
El relato del evangelio de san Juan nos muestra cómo surge en los apóstoles la fe en la resurrección; más aún, concretamente nos dice san Juan como llegó él mismo a creer en la resurrección.
En el primer día de la semana, es decir, el domingo, María Magdalena se dirigió al sepulcro y lo encontró abierto y vacío; alarmada fue corriendo a decírselo a los apóstoles Pedro y Juan. El susto y la preocupación que hicieron a Juan correr hacia el sepulcro y vivir intensamente el acontecimiento es la causa de que más tarde pudiera acordarse de tantos detalles. San Juan llegó de primero pero no entró y esperó a que llegara san Pedro. No obstante, miró a través de la puerta y vio las vendas en el suelo; san Pedro entró apresuradamente y vio, además de las vendas, el sudario, que estaba doblado y en sitio aparte.
Entonces san Juan entró y nos dice que, al ver todo esto, creyó. La tumba vacía era la señal y, en ella estaba la clave para interpretar tantos hechos y palabras de Jesús. Fue necesario que vieran la tumba vacía para creer. Entonces, no creyeron solamente en la resurrección de Jesús, sino que, a la luz de la resurrección, creyeron y entendieron a Jesús mismo.
Así pues, la luz de este misterio de la resurrección de Cristo no puede ser sino inefable. El ángel de la Pascua es la voz misma de Dios y su luz brillante es sólo un símbolo del área divina en la que Cristo resucitado ya ha regresado.
Según el relato del evangelio el ángel proclamó dos veces: “Resucitó… resucitó de entre los muertos, y con un gesto representó visiblemente el significado de la Pascua. El ángel hizo rodar la piedra sepulcral y se sentó en ella para demostrar el triunfo definitivo de Dios sobre la muerte.
