Noche dichosa en que lo humano se funde con lo divino, tan clara como el día; el triunfo supremo de Jesucristo sobre la muerte, la noche que borra el pecado en el mundo: la vigilia pascual es la celebración litúrgica más importante del año cristiano.
Ayer, la Catedral de Mérida quedó sumida en penumbras mientras en la Puerta del Perdón, abierta para la ocasión, el arzobispo de Yucatán, monseñor Gustavo Rodríguez Vega, acompañado del rector del máximo templo católico, el padre Juan Pablo Moo Garrido, procedía a bendecir el fuego nuevo y colocar las llagas del martirizado en el cirio pascual.
A continuación, el prelado encendió el cirio para iniciar la procesión hasta el presbiterio de la Catedral y, al clamor de “Cristo, luz del mundo”, cientos de velas comenzaron a encenderse, alimentadas por la llama del cirio, que simboliza a Jesús resucitado abandonando la oscuridad del sepulcro.
La vigilia pascual se divide en cuatro solemnes momentos. En el primero, la liturgia de la luz se inicia con la bendición del fuego nuevo y termina cuando se entona el Pregón Pascual, un himno antiguo que proclama la Resurrección y que en esta ocasión tuvo a su cargo el presbítero Moo Garrido.
Un segundo momento fue la liturgia de la palabra. Se meditaron siete lecturas correspondientes al Antiguo Testamento (que repasan la historia de la salvación) y otras dos del Nuevo (la epístola a los romanos y el Evangelio de San Mateo).
Tras el canto del Aleluya se inició la liturgia bautismal, en la que se bendijo el agua de la pila en que se confiere el sacramento y la que llevaron los fieles, que asimismo renovaron sus promesas bautismales, renunciando al mal y profesando la fe.
Finalmente se realizó la liturgia eucarística, en la que se celebra la alegría de la Resurrección.— Emanuel Rincón Becerra



