MIAMI (EFE).— La tripulación de la misión Artemis II logró un avance significativo al realizar un estudio directo de la cuenca Oriental de la Luna, lo que brindará valiosa información sobre esta estructura, formada hace unos 3,800 millones de años, en un período en el que se cree que la Luna y la Tierra fueron impactadas por intensa lluvia de asteroides y cometas.
El estudio de la llamada Mare Orientale y sus tres anillos encabezaba la lista de objetivos científicos de la nave Orión, que, como hemos informado, orbitó la Luna el lunes pasado durante siete horas, para adelantar la primera investigación humana de este cráter de unos 950 kilómetros de diámetro, situado en el hemisferio sur del satélite de nuestro planeta.
Kelsey Young, jefa de Ciencia y Exploración de la NASA de la misión, subraya que el estudio de esta formación es de “gran importancia”, ya que permitirá comprender la formación de cráteres en diversos planetas por impactos producidos por movimientos del sistema solar.
La cuenca Oriental es la mayor y más reciente formada al final del hipotético Bombardeo Intenso Tardío (LHB), que postula que un cambio repentino en las órbitas de los planetas gigantes —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— desestabilizó el cinturón de asteroides y provocó que varias de estas formaciones se estrellaran contra los planetas interiores y sus satélites naturales, entre ellos la Tierra y la Luna.
Es probable que los tres anillos concéntricos de la cuenca se formaran cuando un asteroide de unos 64 kilómetros de diámetro impactó la Luna expulsando una gran cantidad de material —aproximadamente 135 veces el volumen combinado de los Grandes Lagos de Estados Unidos— hacia el espacio, para luego precipitarse de nuevo sobre la superficie del satélite, de acuerdo con datos citados por la NASA.
El material habría ascendido, a modo de maremoto, hasta unos 100 kilómetros por encima de la superficie —más de 11 veces la altura del Monte Everest— antes de colapsar, generando fallas tan profundas que atravesaron la corteza hasta alcanzar el manto lunar.
Se cree que, posteriormente, el material osciló de un lado a otro hasta asentarse en los dos anillos exteriores. El anillo interior se habría formado a partir del colapso de un pico que no pudo mantenerse estable.
Aunque la cuenca ya había sido fotografiada por misiones no tripuladas, fue la primera vez que su “magnificencia” la vio directamente el ojo humano.
La tripulación ha empleado el método de observación directa, lo que permite detectar colores y texturas sutiles que pasan inadvertidas ante las cámaras.
“Nosotros los entrenamos para describir las cosas tal como las ven… para tener este diálogo científico”, explicó Young sobre el trabajo de la tripulación.
En ese sentido, Jacob Bleacher, científico jefe de exploración de la NASA, calificó de “extraordinario” el hecho de escuchar a la tripulación describir las impresionantes vistas que contemplaron durante el sobrevuelo del lunes.
Además, se espera que los astronautas hayan captado “miles de imágenes” de la cuenca Oriental. La misión ya había transmitido más de 50 gigabytes de imágenes y otros datos.
Otro objetivo de estudio era la cuenca Hertzsprung, un cráter de casi 650 kilómetros de ancho fuertemente erosionado en la cara oculta de la Luna, que ofrece valiosa información sobre cómo evolucionan las formaciones lunares en el tiempo.
Los astronautas observaron asimismo Reiner Gamma, un “remolino lunar” que se planea que sea un sitio de aterrizaje de futuras misiones, al ser considerado como una anomalía magnética, así como Glushko, un cráter brillante de 43 kilómetros de ancho conocido por sus franjas blancas, y el brillante cráter Ohm, situado en la cara oculta de la Luna.
Las descripciones y las nuevas imágenes también ayudarán a la NASA a comprender mejor la geología lunar y servirán de base para futuras misiones científicas y de exploración, sentando así los cimientos para establecer una presencia permanente en la Luna antes de emprender las futuras misiones tripuladas a Marte.
Analizarán la radiación
La realización de experimentos científicos, en especial sobre los riesgos de la radiación solar en el cuerpo humano, fue ayer el eje de trabajo del día número 8 de la misión, luego de que la NASA despertara a los astronautas mientras Orión continuaba su regreso hacia la Tierra.
La tripulación comenzó su jornada a las 9:35 a.m., tiempo de Mérida, al ritmo de “Under Pressure” de Queen y David Bowie, la canción que los expertos eligieron para despertarlos.
“Sus amigos y colegas de la Agencia Espacial Canadiense (CSA) les desean otro gran día en su viaje”, se escuchó decir desde el centro de control a los astronautas a través de la retransmisión oficial.
Además de los astronautas de la NASA Reid Wiseman, Christina Koch y Victor Glover, la misión cuenta con un integrante de la CSA: Jeremy Hansen.
La NASA elige un tema diferente cada día para levantar a los astronautas, que en el espacio experimentan una desincronización circadiana como consecuencia de los cambios en los ciclos solares de luz y oscuridad.
En ese sentido, la agencia espacial publicó ayer una lista de reproducción en Spotify con todas las canciones que ha empleado para despertar a la tripulación.
El octavo día de misión estuvo destinado principalmente a la experimentación, después de que los astronautas salieran anteayer de la zona de influencia lunar, que marca el momento en que la gravedad de la Tierra les atrae con más fuerza que la de la Luna.
Según el cronograma de la NASA, la tripulación evaluó “su capacidad para protegerse de eventos de alta radiación, como las erupciones solares”, y estaba previsto que realizaran “múltiples experimentos para recopilar datos sobre los niveles de radiación en Orión”.
La agencia espacial agregó que los astronautas construirían un refugio en el interior de la cápsula “si fuera necesario”, en el marco de estos experimentos.
La radiación solar es una de las principales preocupaciones de la NASA de cara a las próximas misiones en el espacio profundo, puesto que los astronautas pierden allí la protección que en la Tierra reciben de la atmósfera y la magnetosfera.
Además, la tripulación iba a poner a prueba la capacidad de pilotaje manual de Orión dirigiendo la nave espacial a través de diversas tareas.
La cápsula viaja a más de 2,735 kilómetros por hora hacia la Tierra, donde está previsto que descienda mañana viernes a las 6 p.m. en el Océano Pacífico, frente a la costa de San Diego.
Por otro lado, la NASA anunció ayer que el inodoro de la misión nuevamente funciona, pero sus múltiples problemas desde el día de lanzamiento demuestran que la carrera espacial no ha solucionado un problema terrenal: cómo hacer las necesidades biológicas y mantenerse sano en un entorno donde la gravedad no ayuda y los fluidos flotan.
El inodoro de Orión ha tenido dificultades con el sistema de evacuación de aguas residuales, en particular lo relacionado con la orina, con sospechas de acumulación de hielo en la línea principal de ventilación de aguas residuales, olores extraños y otros incidentes que llevaron a clausurarlo varias veces.
De hecho, el canadiense Jeremy Hansen explicó al control de la misión que al abrir el área del baño “el resto de la tripulación lo podía oler de inmediato”.
Baño millonario
Dicho retrete no es una pieza cualquiera, pues forma parte del Universal Waste Management System (UWMS), un sistema de nueva generación desarrollado por la NASA para el cual se destinó una inversión de 23 millones de dólares.
En la Tierra, el peso ayuda a que los fluidos y los residuos bajen, pero en un ambiente de microgravedad, como en la nave, esa tarea depende de la acción de ventiladores, succión, embudos, mangueras, separadores de gas y de líquido, y contenedores sellados.
Cuando una de esas piezas falla, el problema no es solo logístico, sino que también afecta la higiene de la nave, la moral de la tripulación y, en misiones largas, la seguridad operativa.
La propia NASA ha usado la Estación Espacial Internacional (EEI) como banco de pruebas del UWMS y ha reconocido problemas de fiabilidad en órbita en los años recientes. Aun así, ha habido avances, ya que durante los programas Mercury, Gemini y parte de Apolo los astronautas no tenían un baño como tal.
Para la orina usaban dispositivos rudimentarios y, para los desechos sólidos, bolsas adhesivas que debían colocarse directamente sobre el cuerpo.
En un informe médico del programa Apolo, un astronauta describió el proceso de defecación como “un total desastre” y “la única parte de la misión que lo hizo sentir como un salvaje”.
El mismo documento señala que el procedimiento podía tardar unos 45 minutos y que la aplicación de la bolsa resultaba muy difícil en condiciones de microgravedad.
Durante la misión Apolo 10, en 1969, uno de los episodios más insólitos de la historia espacial evidenció lo precarios que eran los sistemas sanitarios de la época. Según la transcripción oficial publicada por la NASA, el comandante Thomas Stafford exclamó de repente: “¡Dame una servilleta, rápido! Hay un excremento flotando por el aire”.
Poco después, el piloto del módulo de mando John Young respondió: “Yo no fui. No es mío’”, mientras que el piloto del módulo lunar, Eugene Cernan, añadió: “No creo que sea mío”.
En la Tierra esto podría dar pie a humor escatológico, pero en el espacio los astronautas lo describen como un gran problema.
Con las misiones Skylab (1973-1974), el transbordador espacial y la Estación Espacial la tecnología progresó, pero las complicaciones no desaparecieron.
El astronauta David Wolf contó que parte de su entrenamiento como relevo de la estación rusa Mir consistió en aprender a manipular el retrete y “no siempre con éxito”.
En la era del transbordador espacial, William McArthur relató que, durante una misión, el sistema sanitario se inundó tras una operación para purgar agua y aire del vehículo.
“Salió como un galón de aguas negras”, recordó y comparó el olor con el de antiguos baños escolares donde alguien había orinado sobre un radiador caliente.
Estas dificultades pueden afectar la salud de los astronautas, pues un compendio de la NASA sobre la adaptación humana al espacio señala que, hasta diciembre de 2020, se habían registrado 43 episodios de cálculos renales en los tripulantes y especialistas de carga en distintas etapas, tanto antes como después de volar. También ha habido casos de sepsis por infecciones urinarias y renales.
El mismo documento advierte que la deshidratación también es frecuente durante las misiones espaciales, lo que agrava el riesgo.
De un vistazo
Comprensión lunar
Las descripciones y las nuevas imágenes de Artemis II ayudarán a la NASA a comprender mejor la geología lunar y servirán de base para futuras misiones de exploración.
Gran cantidad
Tan solo el martes, la misión transmitió más de 50 gigabytes de imágenes y otros datos, pero se considera que tiene mucha más información que dará cuando vuelva a la Tierra.





