Han pasado 69 años desde que el cielo de Mérida se rasgó con el estruendo de un avión en llamas, llevándose consigo a uno de los rostros más queridos de México; el de Pedro Infante. Y, sin embargo, la historia sigue viva, enlazada en voces que emocionan al recordarla.
Una de esas voces es la de Gabriel Polanco Sabido, quien aquel 15 de abril de 1957 no era más que un niño de ocho años. Hoy, con la serenidad y experiencia que da el paso de las décadas a una imagen imborrable, reconstruye lo que vio con la precisión de un recuerdo que nunca se ha permitido desvanecerse.
“Lo tengo grabado muy bien”, compartió en entrevista con el Diario. Y entonces, la escena se abre paso.
“Aquella mañana, el avión no cayó de inmediato. Primero descendió peligrosamente, como si buscara un lugar donde posarse sin herir a nadie. Luego se elevó de nuevo, se alejó hacia el Norte… y regresó. Esta vez, más bajo. Demasiado bajo”.
El intento por evitar una tragedia mayor lo llevó a buscar un terreno amplio, una zona de hortalizas que estaba frente a casa de Polanco Sabido. Pero no fue suficiente.
El aparato, que Gabriel recuerda fue un avión de cuatro motores —incluso rememora haber leído en letras grandes TAMSA—, pasó a escasos metros sobre sus cabezas antes de estrellarse a unas cuadras, estallando en una bola de fuego y humo negro que todavía hoy está suspendida en su memoria.
Lo que siguió fue una procesión de confusión y asombro. Su tía lo tomó de la mano y lo llevó hasta el sitio del impacto.
Ahí, entre restos calcinados, objetos esparcidos y un calor que lo impregnaba todo, el niño no alcanzaba a comprender la magnitud de lo ocurrido.
Se sentó en una banqueta, tomó una rama seca y comenzó a dibujar en el polvo un avión… y un pez, inspirado en los que yacían frente a él, presencia inexplicable en medio del desastre.
El avión de Pedro Infante, sin sobrevivientes
Más tarde, la radio interrumpió la música. La jarana que sonaba en la radio de una casa cercana se apagó de golpe. La voz del locutor, solemne, anunció lo que hasta entonces era impensable, el piloto de la aeronave era Pedro Infante. No hubo sobrevivientes.
El impacto no solo fue físico. Fue emocional, colectivo. Una mujer se desmayó. Otra cayó de rodillas, llevándose las manos al rostro. El duelo comenzó en ese instante, en la calle, sin preparación, como una ola que arrasa.
Gabriel no sabía entonces quién era aquel hombre. Lo descubriría después, en las salas de cine, viendo sus películas una y otra vez con su familia, escuchando canciones como “Amorcito corazón”, que terminarían por anclarse a aquel recuerdo inicial. Desde entonces, cada vez que escucha su voz, su mente regresa inevitablemente a esa mañana.
Con el paso del tiempo, el testimonio de Gabriel no fue una memoria personal, sino una forma de resistencia frente a las versiones distorsionadas que, con los años, han proliferado.
Historias que hablan de avionetas, de rescates improbables, de sobrevivencias secretas. “Todos tienen derecho a contar”, reconoce.“Pero yo lo viví”. En uno de esos encuentros decidió intervenir cuando alguien relataba una versión fantástica.
El mito detrás de la muerte de Pedro Infante
Ese episodio ocurrió durante uno de los homenajes celebrados en Los Ángeles, en las inmediaciones del Paseo de la Fama, donde la estrella de Pedro Infante convoca cada abril a decenas de admiradores.
Gabriel Polanco Sabido recuerda que, entre el pequeño grupo reunido, un hombre relataba con seguridad una versión que aseguraba que el cantante había sobrevivido al impacto de una avioneta y que había sido rescatado por “unos indios mayas” que lo ocultaron.
Fue entonces cuando, tras pedir la palabra y ante la mirada expectante de los asistentes, Gabriel intervino con una mezcla de ironía y firmeza: “Yo soy uno de esos indios mayas”, dijo, provocando sorpresa inmediata.
A partir de ahí, desmenuzó el relato con claridad. No era una avioneta, sino un avión de mayor tamaño; no hubo sobrevivientes, y el siniestro ocurrió con una violencia imposible de confundir con cualquier otra versión.
Su testimonio, directo y sin adornos, capturó la atención del grupo, mientras que quien había contado la historia inicial, según recuerda, se retiró discretamente.
Aquella intervención desarmó el mito, reafirmó el valor de la memoria viva frente a la ficción repetida.
Sobre Gabriel Polanco, testigo del accidente de avión de ‘El Ídolo de México’
Hoy, además de custodiar ese recuerdo, Gabriel canaliza su relación con la figura de Pedro Infante a través del arte.
Pintor autodidacta desde hace más de 15 años, ha participado en exposiciones colectivas en Mérida, Progreso y otros municipios, e incluso ha dedicado obras al ídolo mexicano en fechas conmemorativas. También escribe. Desde hace más de una década trabaja en un libro autobiográfico en el que, inevitablemente, esa mañana ocupa las primeras páginas.
“Para estudiar no hay límite de edad”, enfatiza, convencido de que aún tiene su propia historia por contar, e invita a los interesados a asistir a los talleres de técnicas de narración en la Biblioteca “Manuel Cepeda Peraza”, a donde él acude para aprender a escribir cuentos.
