Editorial

Hace poco más de un mes se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, fecha histórica en la que las mujeres trabajadoras de los Estados Unidos de Norteamérica se pronunciaron a favor de mejores salarios y condiciones laborales, a principios del siglo XX, mientras que, al otro lado del mundo, las mujeres del Distrito de Vyborg, Rusia, iniciaban una huelga en 1917 exigiendo “pan, paz y trabajo”.

Hoy, en pleno siglo XXI, México rememoró el día, no con festejos y obsequios como en algunos lugares del mundo, sino con movilizaciones civiles masivas y jornadas de lucha y reflexión. Más de 120 mil mujeres marcharon al Zócalo de Ciudad de México, sin dejar de lado los contingentes y demandas de otros estados de la República Mexicana, como el Estado de México, Jalisco, Quintana Roo y Yucatán, entre otros.

Las mujeres, conscientes de que la violencia contra ellas es una violación a sus derechos humanos, reclaman igualdad y justicia social, destacando un alto a la violencia de género, al acoso, las desapariciones y feminicidios.

Las horas fueron insuficientes para la cantidad ingente de actividades en las que se trataron temas clave para la reivindicación y empoderamiento de las mujeres.

De entre las problemáticas expuestas, es menester rescatar la sororidad, que requiere atención y trabajo inmediato con la infancia. Toda vez que la mayoría de los hogares mexicanos se rigen por una estructura patriarcal, en la que la socialización, en muchas de estas familias, ubica a las niñas en un estatus inferior al de los varones.

La inmersión de los infantes en dicho entorno puede conllevar aprendizajes que se introyecten y repliquen a lo largo de su vida. Lo que se traduciría en la defensa de comportamientos y creencias machistas, conocida como misoginia o sexismo interiorizado.

De ahí que ellas mismas se juzguen sin piedad, se autosaboteen y desvaloricen. Conductas que tienden a extenderse a otras mujeres, a través de críticas destructivas, chismes, rivalidad, hostigamiento, acoso, incluso violencia psicológica, perpetuando su propia opresión.

Es erróneo creer, que dichos comportamientos y luchas intestinas entre mujeres confieren poder y acercamiento al varón.

Por ello, la importancia de inculcar la sororidad entre las niñas, la empatía, solidaridad, reconocimiento y hermandad entre mujeres. Esto representa un escalón más en la lucha por el empoderamiento e igualdad de la mujer, procurando una mejora en su salud mental, autoestima y relaciones interpersonales, incrementando su potencial.

Investigadora del Cephics de la UNAM.

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