¿Te has dado cuenta de que ahora todos somos expertos en los temas de actualidad? Se responde con inmediatez, y esa rapidez empieza incluso a percibirse como cultura o inteligencia.

Vivimos en una época caracterizada no por la escasez de información, sino por su exceso. La promesa de acceso ilimitado al conocimiento parecía anunciar una expansión de la conciencia. Sin embargo, lo que ha emergido con más fuerza no es una comprensión más profunda, sino una forma distinta de confusión: más veloz, más sofisticada y, muchas veces, más difícil de detectar. No sé si siempre fue así… pero hoy se siente distinto.

Hoy es posible opinar de todo. Incluso parece surgir una necesidad de hacerlo al conocer fragmentos de múltiples temas y acceder a versiones inmediatas de casi cualquier acontecimiento.

De pronto, somos especialistas en conflictos internacionales, dinámicas geopolíticas, mercados energéticos… hasta en interpretar declaraciones que antes habríamos escuchado con mayor cautela.

Pero ese acceso constante no equivale a comprensión; a veces la debilita. He ido entendiendo que uno de los riesgos más serios de nuestro tiempo no es la desinformación evidente, sino la ilusión de haber entendido cuando en realidad solo se ha consumido contenido. Y no hablo desde fuera… también me pasa. Porque consumir no es comprender. Y repetir no es pensar.

El pensamiento crítico suele malinterpretarse. No es confrontación ni superioridad intelectual; es una disciplina interior. Implica una pausa: resistirse a reaccionar de inmediato, no entregar el propio juicio a lo primero que aparece, a lo que más circula o impacta. En un entorno donde todo compite por la atención, el reto ya no es encontrar información, sino discernir cuál merece ser integrada. No todo lo que informa, forma.

La saturación informativa produce un fenómeno silencioso: el desplazamiento del criterio personal. Poco a poco, dejamos de evaluar por nosotros mismos y adoptamos narrativas ya hechas. No por falta de inteligencia, sino por falta de detención.

La velocidad sustituye a la reflexión, y la reacción desplaza al juicio. Se genera entonces una paradoja: cuanto más informados estamos, menos comprendemos.

Pensar exige algo que hoy escasea: tiempo. Tiempo para ir más allá del titular, contrastar, aceptar que no todo se entiende de inmediato. Pensar bien deja de ser una habilidad y se convierte en responsabilidad. Porque al final, en medio del ruido, pensar sigue siendo un acto de libertad.

“Una mente sin criterio… siempre será territorio de alguien más.”

Nota al margen: Durante el siglo XX, algunos regímenes comprendieron algo clave: no hace falta imponer una mentira si se puede saturar la realidad. Cuando todo compite y todo parece tener el mismo peso, la verdad deja de ser evidente. Y entonces ya no es necesario que alguien crea algo falso; basta con que deje de buscar lo verdadero.

Doctor en Ingeniería Mecánica y maestro en Bioética.

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