• La Orquesta Sinfónica de Yucatán en el primero de los conciertos del octavo programa de la temporada, que incluyó composiciones pensadas especialmente para las infancias

A veces caemos en sesgos inevitables y nos convertirnos en víctimas de la corriente. A veces necesitamos ver y sentir para comprender que las cosas no siempre son como lo imaginamos —o incluso esperamos—. Sucede en cualquier experiencia vital, y la música no es la excepción. En la clásica, esa misma percepción se intensifica.

El concierto del viernes pasado de la Orquesta Sinfónica de Yucatán tuvo precisamente ese ingrediente que en muchos provoca una sensación de exclusividad o solemnidad que, en la práctica, termina siendo una barrera emocional. Porque sí: el repertorio de una orquesta con la calidad de la que tenemos en el Estado es capaz de regalarnos noches versátiles, como el agua —esencial para la vida—, que se adapta a cualquier recipiente para ser tomada en pequeños sorbos.

Lo vivido esa noche fue un viaje sonoro, sutil y melódico, como tantos otros que nos ha regalado la formación, pero con dos particularidades. La primera: no estuvo al frente el director titular, Alfonso Scarano, sino la directora huésped Laura Reyes Peñaloza —directora artística de la Orquesta Symphonia de la Universidad de las Américas Puebla—, quien condujo a la audiencia hacia una atmósfera de fantasía.

La segunda: el concierto estuvo dedicado a los niños, en conmemoración de su día, el próximo 30 de abril. En el público convivían niños, adolescentes, padres y abuelos y, por supuesto, fieles seguidores de la orquesta a través de los años y las emociones.

El programa número 8 de la temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán fue, en este sentido, un recorrido familiar: capaz de transitar desde el humor al intimismo, de lo tremendamente evocador a la fantasía más profunda —esa que, por cierto, no atiende de edades—.

La batuta de Laura Reyes Peñaloza dirigió con brío la primera pieza de la noche, la “Danza macabra”, de Camille Saint-Saëns, ocho minutos de teatralidad en su máxima expresión. Desde los primeros compases, la orquesta sumergió a los asistentes en una escena repleta de elementos propios de un escenario dramático: esqueletos que despiertan en la madrugada, violines que ríen y se retuercen, y una atmósfera vivaz de juegos interminables. El sutil sonido del xilófono imitaba el chasquido de huesos danzantes, sorprendiendo por su precisión y carácter.

El siguiente momento cumplió con creces el verdadero propósito de la noche: hacer sonreír a los más pequeños y atraparlos en una experiencia de voces, melodías, teatralidad e incluso afinaciones (ensayadas, con propósito) para convertir lo elevado de la música en una vivencia terrenal y alcanzable. La tuba, a cargo de José Carlos Rodríguez, solista invitado de la orquesta, tomó protagonismo y reivindicó un instrumento habitualmente relegado al fondo.

Así lo narró también el cuento “Tubby la Tuba”, en la voz de Andrea Herrera —directora general de la compañía Titeradas—, quien, con el apoyo de títeres y una marioneta, logró envolver al público en una atmósfera lúdica y entrañable. La combinación de narración e interpretación permitió que la tuba “hablara”: expresó tristeza, alegría, orgullo y curiosidad, conectando de inmediato con los asistentes. Lo que para los niños fue descubrimiento, para los adultos se convirtió en un regreso a la infancia.

El turno fue para “Más allá del arcoíris (Somewhere Over the Rainbow)”, de Harold Arlem. El tema, un clásico de la cinematografía —inseparable de “El mago de Oz” (1939)— fue amplificado por una interpretación nostálgica y emotiva de la tuba en un diálogo profundo con el resto de la orquesta. Quizás, esta canción haya sido en esa noche la muestra más clara de que la convivencia intergeneracional no solo era posible, sino una necesidad en escenarios como el del Palacio de la Música.

Mientras la gran mayoría de los adultos reconocía los compases con naturalidad, los más jóvenes descubrían un tema que sigue sonando tanto en su forma original, como en las múltiples versiones de otros artistas a través de los años.

La segunda mitad del concierto se alejó de la narrativa meramente infantil para acercarse a la complejidad y equilibrio que solo Felix Mendelssohn es capaz de brindar. Su Sinfonía número 4 en La mayor, “Italiana” ofreció un cierre de mayor densidad musical y refinamiento.

El primer movimiento evocó paisajes luminosos y la vitalidad italiana, sostenidos por un tejido orquestal ágil y brillante. El segundo, más introspectivo, abrió un espacio de recogimiento que continuó con la elegancia clásica del minueto en el tercero, y una explosión de ritmos en la conclusión que atrapó el entusiasmo de todos los espectadores.

Fueron 30 minutos de equilibrios y vaivenes emocionales, donde convivieron el espíritu romántico decimonónico —enamorado de la naturaleza— y la herencia clásica tan presente en el prolífico compositor.

El colofón llegó con una sonora ovación a una orquesta que construyó una experiencia completa, articulada a elementos esenciales: fantasía, identidad, emoción y versatilidad. El concierto fue, sin duda, un valioso ejercicio para que esos “locos bajitos”, como cantaba Joan Manuel Serrat, sigan encontrando en la música un espacio de luz, descubrimiento y vibración.— Javier Caballero Lendínez

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