“YO SOY LA PUERTA DEL REDIL”
Hoy se describe en el evangelio una escena corriente en la vida de los pastores, pero se destacan aspectos de la realidad que pudieran parecer irrelevantes: el caso del pastor que llama a cada oveja por su nombre, lo cual sería razonable tratándose de unas cuantas, pero no de todo un rebaño de ovejas. En consecuencia, hay que leer el doble sentido de estas palabras.
El punto de comparación nos sitúa en el momento de “soltar las ovejas” por la mañana. Varios pastores solían dejar sus rebaños en un mismo corral y confiarlos durante la noche a un mismo guardián. Al amanecer acudían para soltar el rebaño y salir al monte. Como es natural, los pastores entraban por la puerta; sólo los ladrones saltaban el muro. Les era fácil reunir sus ovejas; a cada una las llamaba, y las ovejas conocían su voz y le seguían.
Lo que quiere decir Jesús con estas comparaciones es que Él conoce “a los suyos”, a los que Dios Padre le ha dado, y que los suyos le conocen a Él. Además, Jesús dice “yo soy la puerta”, es decir, que sólo hay una puerta de acceso a las ovejas y está “ocupada” por Jesús. Él es el único enviado, el pastor legítimo. Porque Él es la “puerta” y el pastor que entra por ella.
Este domingo volvemos a escuchar el canto de una de las composiciones más intensas del Salterio: “El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar…”.
Se trata de un simbolismo lleno de resonancias que a veces se nos escapan: el pastor, en la Biblia y en toda la literatura del Medio Oriente, no era sólo el guía del rebaño, sino el compañero de vida en su totalidad, dispuesto a compartir con sus ovejas la sed, el sol sofocante y el frío nocturno. El “Yo soy” de Jesús es contundente, firme, directo y absoluto. No hay otro fuera de Él.
