Esta semana me tocó hacer en una oficina de gobierno el trámite para actualizar la documentación de un coche.
La persona que me atendía en la ventanilla tenía un tatuaje en el antebrazo que decía la frase: “dejarte de amar es amarme más”.
Primero pensé en preguntarle, pero no quise inoportunar mientras ella avanzaba con el trámite… y me quedé pensando en la frase.
Primero pensé: la deben de haber lastimado.
Luego pensé: qué le habrá tocado vivir en pareja.
Y después empecé a soltar a la otra persona y pensar en mí:
¿cómo quererme más puede implicar dejar de amar a alguien?
Ahí fue donde decidí preguntarle… y me llevé una gran respuesta.
Yo antes estuve mucho tiempo clavado con la frase: “dejar atrás no es dejar de amar”. Incluso la compartí en una columna pasada .
Y siento que es una frase compasiva, que sigue sirviendo en muchos casos.
Para soltar más fácil.
Para entender que podemos tomar distancia sin dejar de amar.
Pero esta nueva frase me hizo ver algo distinto:
también puedo amarme más poniendo límites más claros.
Que primero está mi bienestar para poder dar más.
Y que puedo escoger no amar… sin dejar de amar. Soltar , dejar de cargar … incluso perdonar.
Pero mejor , como dicen en mi grupo “te lo desmenuzo”.
Es duro aceptar que muchas veces aprendemos a punta de chingatazos.
Pero más duro es ver que, aun así, repetimos.
Y me he topado con la realidad de usar esa frase de “dejar atrás no es dejar de amar”
cuando la otra persona solo me agrede.
Y entonces me pregunto: ¿por qué seguiría amando?
A alguien que me utilizó.
A alguien que no sabe amar.
A alguien que me drenaba.
O que me hacía conectar con mi peor versión.
¿Por qué pensar que es más fácil dejar atrás… y seguir amando?
Entiendo que en mi proceso ha sido más fácil ir despacio.
Primero dejar atrás sin dejar de amar.
Y después, tal vez, también poder dejar de amar.
Y en ese momento me pregunté: ¿eso me hace débil?
Ahí me encontré juzgándome.
Y entendí algo: puedo ser como quiera… pero eso solo me afecta a mí.
Que me sirva para conocerme más.
Me armé de valor y le pregunté a la persona de atención ciudadana que portaba el tatuaje: “¿te lastimaron mucho?”
Y con una gran sonrisa me dijo algo simple, pero poderoso: “aprendí un chingo… y ella se jodió más”.
Ahí entendí todo.
Mi nombre es Alejandro Granja Peniche y mi intención es compartirte esto: amarte más también implica soltar.
Y Dios se comunica con el que quiere oír, de maneras muy simples.
Si quieres que te comparta la extensión de esta columna, pídemela en mis redes.

