En nuestro país, y hablando particularmente de Yucatán, las condiciones de protección médica, así como un régimen de pensiones para artistas es más que necesario, dado que se trata en su mayoría de un sector cuyas actividades son independientes y su formalización de ingresos es inestable debido a diversas situaciones, así como a la especial naturaleza de su labor (independiente) y con frecuencia encuentran difícil encaje su incorporación en los regímenes de seguridad social. Es así como a precariedad y la informalidad laboral son dos de los grandes problemas, en el ámbito de las artes.
La exclusión de las personas trabajadoras en el sector cultural de nuestro Estado a los sistemas de seguridad social, se relaciona con factores como: la naturaleza jurídica de sus contratos y la falta de un mercado para los artistas locales, la falta de estímulo para las empresas culturales que promueven el trabajo de creadores yucatecos.
Por otra parte podemos citar a la asignación de apoyo por parte de los administradores de la cultura en consideración a el estatus social-económico, el aspectismo o aparentismo, el género, el origen étnico, la pérdida de puestos de trabajo, la falta de un servicio profesional de carrera en el sector burocrático-cultural, las implicaciones de externos (extranjeros) en la designación de los pocos apoyos y las filiaciones políticas o partidistas. Si bien, el arte como producto artístico puede parecernos un lujo, no es así, ya que el arte es considerado una necesidad primaria y vital para el desarrollo humano.
Debemos entender que, la creatividad y la innovación artística son los recursos únicos y renovables que están alimentando nuestras sociedades basadas en el conocimiento y generando nuevas formas de ingresos y empleo, en particular entre los jóvenes; en nuestro Estado existen dos escuelas a nivel superior (Licenciatura y maestría) que imparten o forman a nuevos creadores la Universidad Autónoma de Yucatán y la Universidad de las Artes en Yucatán.
Por lo que cabe hacer mención que, dada las circunstancias del propio mercado del arte, muchos de sus egresados terminan subempleados o dedicados a otra actividad autogestiva económicamente remunerable, y los sobrevivientes en su vocación enfrentarán dificultades financieras, teniendo que elegir entre la subsistencia alimentaria o el recurso aplicado al trabajo creativo para su producción, lo que afecta la inserción laboral, teniendo en cuenta que en su gran mayoría dependen de los financiamientos (económicos y materiales) gubernamentales y en menos medida a los privados (venta de obra); es así como el apoyo en la difusión y exhibición de su trabajo por parte de las instituciones culturales permite consolidar sus trayectorias profesionales, y acceder no solo a becas y proyectos, sino también a un proceso de legitimación.
Hay que mencionar que casi la mitad de las personas que trabajan en las industrias culturales o en el trabajo artístico son mujeres, y la mayoría ha alcanzado un nivel de educación superior al de las personas que ejercen otras actividades no culturales (el 46.6% de hombres y el 71.1% de mujeres tienen estudios de nivel superior); sin embargo, los problemas específicos de salud y seguridad económica que enfrentan profesionales del arte y personas que trabajan en el sector cultural para obtener ingresos y contribuir con los gastos familiares, en ocasiones se vinculan a la realización obras por encargo o el subempleo, lo cual afecta su autonomía creativa.
La Asociación Latinoamericana de Sociología del Trabajo (ALAST) y de la Asociación Mexicana de Estudios del Trabajo en el VII Congreso realizado en 2013 se organizó la mesa “El trabajo artístico y técnico en el contexto de la industria cultural”, y se abordaron problemáticas como las condiciones laborales y la formación de los artistas destacando una serie de datos relevantes como que: el 44.5 % de los trabajadores de la cultura por cuenta propia y el 43.0 % de los asalariados ejercían sus actividades en condiciones laborales precarias.
En la Recomendación relativa a la Condición del Artista aprobada universalmente por los Estados Miembros de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) de 1980, así como en la Convención de 2005, se proponen orientaciones normativas para hacer frente a esas dificultades ya que se pide a los gobiernos que introduzcan políticas y medidas que mejoren las condiciones de empleo, de trabajo y de vida de los artistas y los trabajadores culturales que no cuentan con una relación laboral formal o régimen de patrón-empleado. La Recomendación de 1980 relativa a la Condición del Artista reconoce que el vigor y la vitalidad de las artes dependen, entre otras cosas, del bienestar de los propios artistas, como individuos y como colectividad; así mismo la Recomendación insta a los Estados miembros a mejorar la situación profesional, social y económica de los artistas y trabajadores de la cultura, mediante la aplicación de políticas y medidas relacionadas con la formación y la seguridad social, entre otras.
Si bien la legislación autoriza a los artistas a crear asociaciones profesionales y les otorga el derecho de concertar convenios colectivos, éstos funcionan o son empleados en su mayoría son bajo el régimen de honorarios, además de ser éstos económicamente reducidos; por lo que vale mencionar que, el mayor subsidio para las artes no proviene de los gobiernos, los patrocinadores o el sector privado, sino de los propios artistas en forma de trabajo no remunerado o mal pagado o de actividades distintas a su propia vocación.
modificaciones
Ello exige nuevas ideas para modificar los marcos laborales y de protección social del sector, a fin de que tengan en cuenta la manera singular y atípica en que trabajan las personas de este sector, con la instauración de una la pensión contributiva de jubilación, un fondo de arte para su retiro, afín de que los mismos puedan en la edad avanzada vivir de una pensión digna por sus aportes a la cultura, ya que los productores culturales producen o se desempeñan en trabajos cuyas condiciones son inestables.
La seguridad médica para los productores culturales varía drásticamente, oscilando entre regímenes especiales de protección social en Europa y una alta precariedad o informalidad en Latinoamérica, dado que muchos artistas trabajan como independientes, enfrentando falta de cotización fija o de ingresos estables; por lo cual la cobertura de seguridad médica o de salud es una preocupación crítica. En ese sentido es necesario que las legislaciones locales y federales trabajen en iniciativas que subsanen este vacío mediante modelos de seguridad social que cubra (atención médica, maternidad, medicamentos, cirugías y pensiones) a trabajadores independientes de la cultura. Una tarea que implicaría que las dependencias responsables del sector realizaran un censo o registro de creadores y su situación económica para brindar protección integral ante la precariedad laboral.
La precariedad laboral en el campo artístico resulta un proceso multidimensional, por la falta de ingresos continuos, así como la dificultad para desarrollar trayectorias laborales, lo que afecta sus decisiones y prácticas de la vida como individuos. Estos temas se tratan de una gran deuda histórica con la comunidad artística por el abandono institucional; esta desprotección laboral podemos denominarlas como falta de prestaciones artísticas, e incluyen seguridad médica, becas o pensiones dignas por edad avanzada a creadores en situación precaria, acceso y créditos de vivienda. Esperando que, en los próximos comicios electorales nuestra comunidad reflexione su sufragio y que no sean una promesa de campaña, sino una realidad, ya que existe una gran brecha entre lo prometido y lo no cumplido, y no un gatopardismo cultural (cambiar todo para que las cosas sigan iguales).
Crítico y curador
