Personas hacen fila para entrar al edificio de la corte de Oakland, California, donde se lleva al cabo el juicio por la demanda contra OpenAI
Personas hacen fila para entrar al edificio de la corte de Oakland, California, donde se lleva al cabo el juicio por la demanda contra OpenAI

NUEVA YORK (Por David Streitfeldc, de “The New York Times”).— Uno de los hombres más controvertidos y sobreexpuestos del mundo está demandando a otro hombre, igualmente antipático e ineludible. Ambos son increíblemente ricos.

Es muy tentador mirar hacia otro lado.

La demanda de Elon Musk contra Sam Altman involucra a antiguos colegas y amigos que se convirtieron en enemigos irascibles. Ahora les gustaría acabar el uno con el otro. Ocurre todo el tiempo. Estos tipos nada más cuentan con más abogados.

Sin embargo, ignorar este conflicto sería un error. La rencorosa disputa entre Musk y Altman, que llegó a juicio esta semana con las declaraciones iniciales en un juzgado federal de Oakland, California, da directo en el corazón de Silicon Valley, que siempre se ha revestido a sí mismo de virtud.

Altman y Musk empezaron a trabajar en lo que se suponía iba a ser un laboratorio tecnológico diferente en 2015. OpenAI era una suerte de Proyecto Manhattan para la inteligencia artificial, una empresa sin fines de lucro que actuaría como escudo contra el comportamiento rapaz de entidades menos benévolas.

El objetivo era “cambiar el diálogo para fomentar que ganase la humanidad y no un grupo o empresa en particular”, según un documento del caso. Musk, director ejecutivo de Tesla, aportó el financiamiento inicial.

Altman era el líder y vocero de OpenAI. Musk afirma que sus intereses se alejaron rápidamente cuando quedó claro cuánto dinero estaba en juego. OpenAI se convirtió en empresa con fines de lucro el año pasado.

“Una historia de manual sobre el altruismo frente a la codicia”, afirmó Musk en la ofensiva inicial de su demanda. El hecho de que la persona que aquí se autodenomina altruista se convierta probablemente en el primer trillonario del mundo no lo convierte necesariamente en falso.

En su demanda, presentada en 2024, Musk dijo que Altman, el presidente de OpenAI Greg Brockman y otros se “enriquecieron injustamente” con el desarrollo de OpenAI al tenor de “miles de millones de dólares”.

OpenAI, cuyo valor se acerca al billón de dólares, tenía la respuesta inevitable: no, el codicioso eres tú. La empresa argumentó que Musk se marchó cuando no pudo hacerse cargo de toda la empresa. “Este caso siempre ha sido sobre Elon generando más poder y más dinero para lo que él quiere”, señaló OpenAI en un comunicado.

Una de las pocas cosas en las que los magnates están de acuerdo es que su disputa evoca las obras de cierto dramaturgo isabelino. Musk, de 54 años, dijo en su demanda que “la perfidia y el engaño” de Altman “son de proporciones shakesperianas”. Altman, de 41 años, reflexionó en un blog este mes que “ha habido mucho drama shakesperiano entre las empresas de nuestro campo”.

Si hay una obra de Shakespeare que pueda resumir esta agria amistad es “La tragedia de Julio César”. Bruto quiere impedir que César adquiera demasiado poder, o eso dice. César está bastante sorprendido de que un supuesto amigo le asesine. “¿También tú, Bruto?”, grita. Bruto acaba la obra tan muerto como César, pero es llorado y honrado como “el romano más noble de todos”.

Musk sería muy afortunado de recibir tales elogios. A mediados de la década pasada, Altman dirigía la principal incubadora de empresas emergentes de Silicon Valley, Y Combinator. Ambicioso y persuasivo, no solo quería financiar empresas. Tenía la misión de salvar a la humanidad, la cual —aunque las masas no lo supieran— corría gran riesgo.

“Creo que la IA conducirá con toda probabilidad al fin del mundo”, declaró Altman en 2015. Era un temor que expresaba a menudo. ¿Por qué no, se preguntaba, crear un baluarte contra las demás empresas de IA “por el bien del mundo”?

Altman atrajo a Musk, a quien le preocupaba aún más hacia dónde se dirigía la IA. “Estamos invocando al demonio”, aseguró Musk en una ocasión. Inmediatamente surgió un problema. En todas partes hay personas que trabajan en empresas sin fines de lucro a cambio de salarios modestos. Se sacrifican por sus ideales. Altman sabía que eso no iba a funcionar en Silicon Valley.

Los ingenieros y científicos, prometió, iban a “recibir una remuneración similar a la de una empresa emergente si funciona”.

La organización sin fines de lucro estaba muerta casi antes de empezar. OpenAI es propiedad de sus empleados e inversores, entre ellos Microsoft, Amazon, Nvidia y SoftBank, así como de la Fundación OpenAI. (Altman no tiene participación directa en OpenAI, pero posee otras inversiones que le hacen cómodamente multimillonario). OpenAI tiene previsto vender acciones al público en una de las ofertas de acciones más ricas de la historia.

Silicon Valley es el gran manantial de riqueza del Estados Unidos moderno. Nueve de los 10 estadounidenses más ricos son empresarios tecnológicos, con Warren Buffett como única excepción. La gente podría sentirse ofendida por el giro de OpenAI, pero pocos dirían que les han sorprendido. Pocos, excepto el hombre más rico del mundo, cuya propia empresa de IA, xAI, forma ahora parte de otra de sus compañías, SpaceX.

SpaceX pronto venderá acciones al público como una operación decididamente con fines de lucro.

Hoy en día, las empresas tecnológicas están sujetas a relativamente pocas restricciones. En Estados Unidos, el Congreso es por lo general pasivo ante ellas. Los reguladores federales han quedado maniatados. El gobierno de Donald Trump está repleto de inversores de capital de riesgo y otros receptivos a la tecnología y su dinero, como el propio Trump. Lo que les queda a los opositores a la tecnología son las demandas civiles.

Las empresas de redes sociales se enfrentan a una avalancha de demandas. Una de las primeras, en Los Ángeles el mes pasado, concluyó que Meta y YouTube eran culpables de la ansiedad y depresión de una joven que los utilizaba mucho.

“Los juicios son lo único que tenemos ahora mismo, y las cosas son mejores gracias a ellos”, aseguró Max Tegmark, fundador de Future of Life Institute, organización sin fines de lucro que intenta reducir los riesgos catastróficos de la tecnología. “Los juicios aportan información a la que no se puede acceder de otro modo”.

Las evidencias del juicio Musk/Altman son un ejemplo de material que presumiblemente nunca habría visto la luz de otro modo. Eso incluye correos electrónicos entre los dos líderes mientras intentaban poner en marcha OpenAI. “¿Tienes alguna objeción a que aumente proactivamente la compensación de todos en 100-200k al año?”, preguntó Altman a Musk en 2015 refiriéndose a aumentos de entre 100,000 y 200,000 dólares. “Creo que todos están motivados por la misión que tenemos aquí, pero sería una buena señal para todos de que vamos a cuidar de ellos con el tiempo”.

El Future of Life Institute otorga a OpenAI una calificación global de C+ en seguridad, mientras que xAI obtuvo una D. “La IA está menos regulada en Estados Unidos que los sándwiches”, advirtió Tegmark, quien también es profesor de física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts. “No puedes abrir una tienda de sándwiches sin que inspeccionen tu cocina. Pero puedes lanzar una novia de IA para niños de 11 años y no pasa nada”.

Una derrota para OpenAI podría empezar a cambiar esta situación, añadió.

A algunos vigilantes de la IA les gustaría que OpenAI sea llevada ante la justicia del mismo modo que Meta y YouTube. Pero preferirían casi cualquier otro querellante antes que Elon Musk. “No tengo fe a largo plazo en un sistema en el que legislamos mediante litigios privados”, señaló Sacha Haworth, directora ejecutiva del Tech Oversight Project, un grupo de defensa con sede en Washington. “No quiero depender de un multimillonario agraviado”.

Si Musk gana, agregó, debilitaría o incluso destruiría OpenAI, “abriendo una gran parte del mercado que una empresa de Elon Musk podría luego absorber”.

¿Y si OpenAI consigue que se desestime la demanda? “Enviaría la señal de que está bien lanzarse como una empresa sin fines de lucro que trabaja en beneficio del público y luego cambiar cínicamente a ser una con fines de lucro sin ninguna responsabilidad”, indicó.

Conclusión de Haworth: “Aquí no hay final feliz”.

A algunos críticos les preocupa que, en el peor de los casos, OpenAI cierre su rama benéfica. Eso, dijeron, acabaría con una fundación muy grande que podría haber ayudado a la gente. Musk promete que donará a la fundación cualquier indemnización que reciba.

Otros tienen una postura más benigna. “La ley no depende de que seas una buena persona para actuar en interés público”, apuntó Shaoul Sussman, exfuncionario de la Comisión Federal de Comercio. “Muchos de los trapos sucios de OpenAI van a salir a la luz”.

En un entorno diferente, la persecución de OpenAI por Musk podría haber sido breve, terminando con un aviso a los reguladores. Pero a Musk no le entusiasma la supervisión gubernamental, que durante el gobierno de Joe Biden produjo investigaciones y acciones coercitivas sobre sus empresas. En su lugar, el caso de Musk contra OpenAI utiliza una doctrina legal llamada “ultra vires”, que significa “más allá de los poderes” y que sostiene que una corporación está restringida a las actividades definidas en sus estatutos. Este enfoque se utilizaba mucho a principios del siglo XIX, cuando el gobierno federal era pequeño y débil y solo un competidor podía frenar a tu empresa.

En la actualidad, la mayoría de las empresas tienen estatutos de amplio alcance que les permiten perseguir múltiples objetivos. Pero hay una excepción: las organizaciones sin fines de lucro. “Es el primer caso de gran repercusión que conozco que se persigue en virtud de estos estatutos desde hace 100 años”, manifestó Sussman.

En un juicio que se espera que dure varias semanas, unas leyes muy antiguas se enfrentarán a una tecnología muy nueva.

Como dijo Shakespeare, el pasado es un prólogo.

Lucha de gigantes Detalles

Opiniones de Sacha Haworth, directora ejecutiva del Tech Oversight Project:

Posible destrucción

Si Elon Musk gana el juicio contra OpenAI, debilitaría o incluso destruiría a esta tecnológica, “abriendo una gran parte del mercado que una empresa de Elon Musk podría luego absorber”.

Viraje legal

¿Y si OpenAI consigue que se desestime la demanda? “Enviaría la señal de que está bien lanzarse como una empresa sin fines de lucro que trabaja en beneficio del público y luego cambiar cínicamente a ser una con fines de lucro sin ninguna responsabilidad”.

Infelices

La conclusión de Haworth es: “Aquí no hay final feliz”.

Contraproducente

A algunos críticos les preocupa que, en el peor de los casos, OpenAI cierre su rama benéfica. Eso, dijeron, acabaría con una fundación muy grande que podría haber ayudado a la gente.

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