“SEÑOR, MUÉSTRANOS A DIOS PADRE”
Jesús acabó de explicar a sus discípulos que se iba, que uno de ellos le traicionaría y que otro le negaría tres veces; y los discípulos quedaron tristes por todo lo que escucharon.
Entonces Jesús quiso levantarles el ánimo y les pidió que confiaran en Dios y en su persona. Jesús trató de infundirles aquella esperanza que necesitaban para vencer todas las dificultades. Les dijo que se iba, pero para volver y reunirse con ellos en la casa de Dios Padre en donde hay sitio para todos.
Jesús les habló de su persona y de su misión. A estas alturas los discípulos ya deberían saber que Jesús se dirige a Dios Padre y cuál es el camino. Sin embargo, no pareció que le hayan entendido. Por eso el apóstol Tomás, en nombre de sus compañeros, le preguntó por la meta del camino, pero Jesús respondió que Él es el camino, y, sólo indirectamente le dijo que Dios Padre es el término de ese camino. Por lo tanto, lo verdaderamente importante y decisivo es conocer el camino, pues para conocer al Padre es preciso estar ya en camino hacia él. Los que siguen a Jesús y le conocen también conocen a Dios Padre.
En las palabras y las obras de Jesús, en su Persona, se revela a las gentes el misterio de Dios. Y cuantos aceptan esta revelación de Dios en Jesucristo, viven, porque tienen la verdadera vida.
El camino
Así pues, Jesús es el “camino” que conduce a Dios Padre a través de la “verdad” de su revelación, el Evangelio, y Él nos hace llegar a aquella “vida” divina que comparte con Dios Padre. Jesús es, pues, el inicio y la meta, es el cimiento y la bóveda de la Iglesia de Dios, es su base terrena y su vértice celestial.
