Alguna vez, de muy chamaco, me vi abrazando la taza del baño devolviendo el estómago por alguna mala borrachera donde combiné más de una bebida… o diez.

Me atrevo a contarlo así porque, haciendo una encuesta en un auditorio de más de veinte personas, más de la mitad levantó la mano. Entonces puedo deducir que muchos de mis queridos lectores entienden perfectamente la imagen y recuerdan lo que se siente estar en ese estado.

Uno ya está en un punto de lucidez donde el cuerpo sacó lo que no quería y el vómito da una sensación rara de alivio. Antes de llegar ahí seguramente pasamos por algo que en Yucatán conocemos como “hamaca loca”: cuando todo gira, pierdes el piso y bajas un pie buscando tierra firme.

Y es muy probable que termines abrazado de la taza encontrando paz en la respiración, rogando por un agua mineral y jurando no volver a tomar.

Y es justo a ese momento al que quería llevarte para explicarte una palabra que escuché del abuelo Rosendo, un abuelo wirárika cuya humildad y sabiduría me ayudaron a entender muchas cosas de la vida:

“mancitos”.

Él usaba esa palabra para describir el estado donde uno deja de pelear con el proceso y se entrega.

En la misma encuesta pedí definir “mancitos” y escuché muchas respuestas:

humildes, dóciles, rendidos, serviciales, sin miedo, sin resistencia.

Y creo que todas servían.

Porque muchas veces lo que nos separa de vivir con paz no es la vida… es la resistencia con la que la enfrentamos.

Si hacemos todo desde la duda, ¿qué tanto nos comprometemos?

Si entramos a una relación con miedo a que nos lastimen, ¿qué tanto permitimos amar?

Si pedimos ayuda desconfiando del proceso, ¿cómo esperamos sanar?

Hay que aprender a transitar mancitos.

Y entender también lo contrario.

¿Qué pasa cuando vivimos desde la soberbia, el control o la resistencia?

A mí escuchar al abuelo Rosendo decir esa palabra me hizo entender algo:

la soberbia muchas veces es sinónimo de sufrimiento.

Mi nombre es Alejandro Granja Peniche y hoy quiero compartirte esto:

mis prisas no son las prisas de la vida.

Y cuando no transito mancito, lo único que pierdo es la oportunidad de disfrutar más el viaje.

En mis redes te comparto la extensión de esta columna.