Se adelantan las vacaciones sin consultar. Se comunican con entusiasmo desde los boletines oficiales, como si todos tuvieran la misma realidad en casa. Pero el hogar de millones de familias no es de descanso, es de logística. Es de turnos, de acuerdos, de quién se queda y quién sale a trabajar.

Mueven las fechas, se alteran los ciclos, se reacomodan los tiempos. Y en esa determinación no hay una sola línea que contemple a las madres trabajadoras. No hay un renglón para los padres solos.

No hay un plan para la abuela que cuida, para la tía que releva, para el vecino que hace de puente.

¿De verdad creen que la economía familiar se detiene porque suena la campana? ¿Que los empleos dan permiso porque la escuela cerró? ¿Que el cuidado de los menores se resuelve con magia? Y ahora resulta que el calor es la excusa.

Usar el clima para justificar el ajuste de fechas es una tontería. El calor no empezó este año, ni el pasado. Lo que empezó es la costumbre de decidir desde el aire acondicionado, sin preguntarle a la gente que no lo tiene.

Como si no bastara, esto llega después de un mes de mayo lleno de puentes y festividades. Ya se recortaron semanas de clase antes, y ahora se vuelve a modificar la organización escolar.

A los estudiantes se les quita rutina, y a las madres se les quita previsión.

No se puede legislar desde el escritorio sin pisar la calle. No se puede imponer la organización desde arriba sin preguntarle a quien sale a las 6 de la mañana y regresa a las 8 de la noche.

No se puede ignorar que, para millones de familias, el salón de clases es también red de apoyo, comedor y resguardo. Y mientras tanto, ¿qué pasa con los chicos? Se quedan encerrados, frente a la consola, al celular, al videojuego. No porque quieran, sino porque no hay más. Sin espacios, sin vigilancia, sin compañía.

Así es como se cambian las aulas por pantallas y la formación por entretenimiento forzado. Si queremos hablar de educación, hablemos de realidad. Si queremos hablar de niñez, hablemos de quienes la sostienen todos los días. Los asuetos no pueden ser una sorpresa que se impone.

Tienen que ser una medida que se construye con los que cuidan, con los que trabajan, con los que no tienen a quién dejar a sus hijos. Recuerdo mi tiempo de maternar y trabajar al mismo tiempo.

Resultaba un calvario encontrar cursos de verano seguros, donde los horarios ajustaran, que no fueran pérdida de tiempo y que la diversión fuera parte de la experiencia.

Todo esto aunado a los festivales del 10 de mayo donde muy lejos de festejar nos convierten en cirqueras corriendo de un lado a otro.

Es momento de replantearse muchas decisiones desde un punto de vista interseccional. Porque si el esquema escolar se diseña sin las madres, sin los cuidadores, sin la realidad de los hogares, entonces no es un plan educativo.

Es un abandono disfrazado de descanso. Y no se puede hablar de niños protegidos si se dejan solos en casa. No se puede hablar de progreso si se ignora a quien lo sostiene.

O se planifica con la gente o se gobierna contra ella.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación.

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán