Contrariamente a lo que pueda generar este título, no es un texto motivacional… aunque tal vez sí un poco reflexivo. Mientras platicaba con mamá hace unas —pocas— horas, salió a la conversación una incomodidad peculiar, de esa que sientes cuando lo tienes todo para comerte al mundo y el ser quién eres puede causar una barrera social.
Relataba que recibió la décima llamada de un banco ofreciéndole una tarjeta de crédito que ya había rechazado con anterioridad, y al negarla por milésima vez con mucha educación, quien sea que estuviese del otro lado de la línea, al ver que su convencimiento no daba frutos, procedió a preguntar: “¿Hay alguien que tenga la capacidad de tomar esta decisión por usted?”.
No entraré en detalles, pero las respuestas de mamá cambiaron de tono.
Siento —o tal vez creo, con mucha fidelidad— que nos siguen viendo incapaces, frágiles, sin libertad ni voz propia. Nos siguen llamando exageradas, “minoría de resentidas”, malagradecidas… ¿realmente lo somos? El micromachismo existe y vive en un porcentaje enorme de los comentarios que solemos recibir en el franjo de unos pocos días.
Así nos la vivimos: soportando y callando, cansadas y hartas. Es un constante irse a dormir y desear no ser tan consciente, porque tal vez así viviría más tranquila. Pero también agradecida de serlo y preocupada por las que no lo ven (aunque, paradójicamente, con un poco de envidia).
Hablo por mí y por lo que veo alrededor: no son situaciones aisladas. Es un sistema que vive y arde en el lenguaje coloquial, en los ideales y las respuestas que damos cuando entramos en desesperación. No descansa nunca. Y a quien se encontraba en la otra línea del teléfono: te prometo que ella es dueña de sus propias finanzas.
