Hay recuerdos que llegan sin pedir permiso. Esta tarde, el olor del mar me devolvió, por un instante, a aquellas playas de mi infancia. Con cierta nostalgia recordé que, cuando era niño, casi todo me parecía extraordinario. Una mariposa, la lluvia golpeando una ventana, un nuevo sabor de helado o una moneda encontrada en la banqueta bastaban para despertar mi curiosidad. Todo merecía una pregunta.

Con los años sucede algo de lo que casi nunca nos damos cuenta. Las cosas siguen estando ahí, pero dejan de sorprendernos. No porque hayan perdido su valor, sino porque nos acostumbramos a ellas. Nos acostumbramos a despertar cada mañana, a que nuestros padres sigan con nosotros, a que nuestra esposa nos espere en casa, a escuchar la risa de los nietos, a caminar sin dificultad, a contemplar un arcoíris después de la lluvia o a sentarnos a la mesa con quienes queremos.

Todavía están ahí el aroma de la tierra mojada después de un aguacero, el café recién hecho al comenzar la mañana, el viento que anuncia una tormenta de verano o el simple placer de sentarnos unos minutos a mirar cómo transcurre la vida. Lo extraordinario nunca se fue; fuimos nosotros quienes dejamos de detenernos.

Son hechos sencillos, pero profundamente extraordinarios. Quizá por eso los recuerdos más felices casi nunca hablan de cosas costosas, sino de momentos que, mientras los vivíamos, parecían completamente normales. Sin embargo, la costumbre tiene una manera silenciosa de volverlos invisibles. Y cuando algo deja de sorprendernos, poco a poco también deja de parecernos un regalo.

Tal vez por eso sentimos que la vida pasa demasiado rápido. No siempre porque vivamos con prisa, sino porque hace tiempo dejamos de detenernos a contemplar lo que tenemos delante.

Un flamboyán cubierto de flores, un niño absorto en su juego o el mar cambiando de color al caer la tarde siguen teniendo la misma belleza de siempre. Lo que ha cambiado no es el mundo, sino nuestra manera de mirarlo.

Con los años aprendemos a trabajar, a resolver problemas y a cumplir responsabilidades. Pero quizá una de las capacidades más valiosas sea la que menos procuramos conservar: la de seguir asombrándonos.

Pero quizá lo más triste no sea acostumbrarnos a las cosas. Quizá sea acostumbrarnos a las personas que más amamos. A la voz de nuestros padres. Al abrazo de nuestra esposa. A las llamadas de un hijo. A las ocurrencias de los nietos. Y el día que dejamos de sorprendernos por su presencia empezamos a dar por hecho un regalo que nunca estuvo garantizado.

Porque muchas veces no es la vida la que cambia. Es nuestra capacidad de maravillarnos con ella.

Y cuando eso sucede, la vida no se vuelve más pobre porque tenga menos cosas, sino porque dejamos de ver como extraordinario aquello que durante años fue un regalo cotidiano.

Tal vez vivir plenamente no consista en buscar experiencias cada vez más extraordinarias.

Tal vez consista, simplemente, en volver a mirar con los ojos de quien todavía sabe asombrarse.

Nota al calce: en Yucatán hay una escena que se repite cada año. Cuando los flamboyanes empiezan a cubrirse de flores rojas, muchos saben que el verano está cerca. El árbol ha florecido siempre, pero solo quien levanta la mirada alcanza a notarlo. Tal vez el asombro sea exactamente eso: volver a levantar la vista hacia aquello que siempre estuvo ahí.

*Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética

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