Hubo un tiempo en que casi nada se tiraba. Si un zapato se rompía, iba con el zapatero. Si el reloj se detenía, había un relojero dispuesto a devolverle el tiempo. Si una silla cojeaba, aparecía el carpintero. Y cuando un cuchillo perdía el filo, bastaba escuchar el silbato del afilador por las calles. Mientras unos salían con cuchillos y tijeras en la mano, otros, por si acaso, tiraban un poco de sal en la puerta, siguiendo aquella vieja superstición que muchos yucatecos todavía recuerdan.
No era solo una forma de ahorrar. Era una manera distinta de entender la vida. Cuando algo se dañaba, la primera pregunta no era cuánto costaba reemplazarlo, sino quién podía repararlo. Sin darnos cuenta, esa forma de pensar fue desapareciendo.
Hoy, cuando un aparato falla, casi nadie busca quién lo arregle. Sale más barato comprar otro. Los teléfonos duran unos años, la ropa cambia cada temporada y muchos objetos parecen fabricados para tener una vida cada vez más corta.
Podríamos pensar que solo cambiaron los objetos. Pero quizá el cambio más profundo ocurrió en nosotros.
Porque, al mismo tiempo que dejamos de reparar las cosas, también empezamos a dejar de reparar muchas relaciones. Una diferencia basta para romper una amistad de años. Un desacuerdo separa familias durante años. Un matrimonio atraviesa dificultades y la primera idea suele ser reemplazar, no reconstruir.
Sin darnos cuenta, terminamos mirando a las personas como empezamos a mirar las cosas: si algo deja de funcionar, lo reemplazamos. Y tal vez esa sea una de las pérdidas más silenciosas de nuestro tiempo.
Los antiguos zapateros no solo cosían cuero, devolvían vida. El relojero no arreglaba relojes, les devolvía el tiempo. El carpintero no solo reparaba muebles; conservaba historias. Nos recordaban que el desgaste forma parte de la vida y que no todo lo que se rompe está condenado a terminar en la basura. Detrás de cada arreglo había paciencia, tiempo y la convicción de que todavía valía la pena intentarlo una vez más.
Quizá el verdadero progreso no consista en fabricar cosas nuevas cada vez más rápido, sino en recuperar la capacidad de cuidar lo que ya tenemos.
Porque el verdadero deterioro no comenzó cuando dejamos de reparar las cosas. Comenzó el día en que dejamos de creer que las personas rotas también podían volver a estar completas.
Nota histórica: La palabra reparar proviene del latín reparare: “volver a poner en pie”, “restaurar”, “devolver lo perdido”. Nunca se aplicó únicamente a los objetos. Durante siglos, reparar fue considerado un acto de inteligencia y respeto. Quizá el verdadero cambio de nuestra época no sea haber dejado de arreglar las cosas, sino haber olvidado que también los corazones pueden restaurarse.
Doctor en ingeniería mecánica y maestro en bioética; www.antoineabraham.com.
