“Soy una prueba de que Dios te habla en los ambientes menos esperados”.
La frase no nace del discurso de un sacerdote que creció entre misas y monaguillos. Al contrario. El padre Aarón Gerardo Núñez Medina recuerda con naturalidad que durante su juventud sus intereses estaban lejos del Seminario.
Los carnavales, los bailes, las excursiones y la organización de eventos escolares ocupaban gran parte de su tiempo. La posibilidad de vestir una sotana ni siquiera pasaba por su mente.
Veinte años después de su ordenación sacerdotal, celebrada el 5 de agosto de 2006, mira hacia atrás convencido de que aquel llamado llegó precisamente cuando menos lo esperaba.
“Yo nunca fui monaguillo, nunca fui ese niño del que dijeran: ‘Desde pequeño quería ser sacerdote’. Jamás pasó por mi cabeza”.
Yucateco celebra 20 años de sacerdocio: así escuchó el llamado
Nació en Valladolid, creció en una familia católica (el menor de doce hermanos) en la que recibió los sacramentos y participó en algunas actividades parroquiales.
Sin embargo, asegura que durante su adolescencia nunca sintió una vocación religiosa.
“Fui un joven feliz. No era un muchacho de vicios ni rebelde, pero mis intereses estaban en otro lado. Me gustaban las fiestas, organizar eventos. Mi vida iba por otro camino”.
Paradójicamente, fue en medio de ese ambiente en el que comenzó a escuchar una inquietud que terminaría cambiando su vida.

Después de una noche de fiesta con sus amigos, despertó con una sensación difícil de explicar.
“Al día siguiente pensé: ‘Quiero algo más’. No sabía qué era, pero sentía que algo me hacía falta”.
Esta inquietud lo llevó, junto con algunos amigos, a formar un grupo de oración.
“Al principio nos fuimos al extremo. Queríamos ir a misa todos los días, comulgar a diario y rezar el rosario. Después encontramos un equilibrio, pero ahí empezó todo”.
La respuesta definitiva llegó durante un retiro espiritual. Mientras observaba cómo varios jóvenes ingresaban al Seminario, sintió que aquella también podía ser su historia.
“Cuando los vi dije: ‘Yo quiero eso’. No hubo una voz ni algo extraordinario. Simplemente supe que ese era mi camino”, relata.
De la vida laica al Seminario
En ese momento cursaba la licenciatura en Contaduría Pública y apenas tenía 20 años. Cuando regresó a casa compartió la noticia con su madre. ‘“Creo que me voy al Seminario’, le dije. Ella pensó que era otra de mis ocurrencias”, admite.
Pero la sorpresa llegó cuando comenzó a ahorrar para comprar el boleto de avión rumbo a Chihuahua: “Mi mamá entendió que hablaba en serio. Y, bendito Dios, siempre tuve todo su apoyo”.

Antes de partir organizó una cena de despedida con sus amigos. El 13 de septiembre dejó Yucatán con una sola idea en mente: probar si aquella era su vocación.
“Pensé: ‘Voy a ver qué pasa’. Y ya nunca regresé”.
Toda su formación sacerdotal transcurrió en la Diócesis de Parral, Chihuahua. Allí estudió Filosofía y Teología, fue ordenado sacerdote y permaneció 12 años ejerciendo su ministerio en distintas comunidades.
“Le debo muchísimo a Chihuahua. Ahí dejé una parte de mi vida. La mitad de mi historia antes de regresar a Yucatán la viví allá”.
No solo encontró una Iglesia que lo acogió; también descubrió un estilo pastoral que marcó para siempre su manera de ser sacerdote.
“La gente es franca, muy cercana y entregada. Aprendí a caminar con las comunidades y eso es algo que sigo viviendo hasta hoy”.
El regreso a Yucatán

Después de más de una década de servicio, solicitó regresar a su tierra natal. El proceso tomó varios años, pero finalmente en 2018 volvió a Yucatán.
Primero fue vicario en El Buen Pastor y después en Ticul y Sacalum. En 2020 recibió su primer nombramiento como párroco al frente de La Santa Cruz, en la colonia Amalia Solórzano.
Hoy, mientras se prepara para asumir una nueva encomienda en Tizimín, reconoce que despedirse nunca resulta fácil.
“Uno deja amigos, historias y proyectos. Humanamente duele mucho”.
A pesar de las dificultades que todo ministerio implica, asegura que jamás ha dudado de la decisión que tomó hace dos décadas.
“He cometido errores, como cualquier persona. Me falta mucho para ser el sacerdote que quisiera ser. Pero nunca he pensado en hacer otra cosa”.
La felicidad que ha encontrado, afirma, supera cualquier expectativa que tuvo cuando decidió dejar la universidad para ingresar al Seminario.
“Fui muy feliz de niño y de joven, pero la felicidad que he vivido como sacerdote no la cambio por nada. Cada año Dios me sorprende más”.
Quizá por su propia historia, el mensaje que dirige a las nuevas generaciones es directo. “No estén peleados con Dios. Denle una oportunidad”, indica.
Un llamado a la iglesia
Considera que muchas personas juzgan a la Iglesia por los errores de algunos de sus integrantes, cuando la verdadera invitación consiste en encontrarse con Cristo.
“Si buscas personas imperfectas, las vas a encontrar porque todos lo somos. Pero si buscas a Cristo, también lo vas a encontrar”.
Insiste en que seguir a Dios no significa necesariamente convertirse en sacerdote.
“Dios llama también a formar una familia, a ser un buen profesionista, un buen trabajador, un buen político. Lo importante es ponerlo a Él en el centro de la vida”.
A sus 20 años de sacerdocio, el padre Aarón asegura que sigue celebrando cada misa con el mismo entusiasmo del primer día.
“Ninguna Eucaristía ha sido una obligación. Todas siguen siendo un regalo”.
Antes de concluir la entrevista, vuelve a la idea con la que inició.
Su propia vida, dice, demuestra que Dios puede hacerse presente en el momento y en el lugar menos imaginados.

“Yo soy testigo de eso. Dios me habló donde menos lo esperaba. Y responderle ha sido la mejor decisión de mi vida”.— Santiago Cortés Pérez
