Por Ismael Méndez Camargo*
Lo repetía con frecuencia entre charlas y tazas de café…. “los yucatecos nacen donde mejor les parece”, decía Rómulo Rozo, nacido en la población de Chiquinquirá, en el departamento de Boyacá, Colombia, el 13 de enero de 1899.
A 62 años de su muerte, hoy, en la segunda década del siglo XXI homenajeamos al mejor escultor que haya tenido nuestro estado y más aún con grandes legados para la posteridad, como lo es el Monumento a la Patria en el corazón del Paseo de Montejo, símbolo de Mérida, que ha sido visitado millones de veces por propios y extraños.


Debido a su vocación y entrega, Rómulo fue impulsado a buscar otros horizontes, llegando a España, donde ingresó a la Academia de San Fernando en Madrid y posteriormente a París. Fue discípulo de Antoine Bourdelle, quien traía la escuela del también francés Auguste Rodin, considerado padre de la escultura moderna.
Su excelente trabajo le ganó mucho reconocimiento en el Viejo Continente y en 1929 fue asignado como agregado cultural de la Embajada de Colombia en México, siendo invitado como parte de un proyecto en el entonces Territorio de Quintana Roo, a solicitud del presidente Lázaro Cárdenas. En Chetumal decoró varios edificios con técnicas mayas, cultura de lo cual estaba enamorado.
Asentó su residencia en Mérida a principios de los años 40. Impartió clases de escultura en la Escuela de Bellas Artes. En Mérida hizo su obra para la posteridad, el Monumento a la Patria, elaborado en mampostería con bloques de cantera de Ticul en tonos naranjas vibrantes y rojo terracota, siendo ideal por su tipo de aislamiento térmico, con una consistencia porosa.
Como parte de su trayectoria también mencionamos el monumento a las Leyes de Reforma en Veracruz, hoy desaparecido, así como algunos mausoleos en el Panteón Francés de Ciudad de México. Igualmente su trabajo lo plasmó en las fachadas del Hospital Civil Morelos y de la Escuela Belisario Domínguez en la capital de Quintana Roo.
El Monumento a la Patria contiene más de 300 figuras en relieve y plasma la historia de México y la cosmografía maya. Su frente principal, que mira al Sur, nos muestra las raíces de México y su indigenismo con una mujer indígena con huipil que simboliza la patria, rodeada de fauna local, jaguares y un chacmool. En la parte de abajo nos ilustra con la cronología nacional con relieves de la época prehispánica, la Conquista, la Independencia, las Leyes de Reforma y la Revolución Méxicana.
Alrededor el monumento contiene columnas que representan los estados de la República, los territorios federales y la capital de la época, si tomamos en cuenta los años de la construcción; la parte posterior encontramos un espejo de agua que evoca el lago de Texcoco con el águila devorando una serpiente.
Rómulo era admirador de la trova yucateca, siendo amigo de varios músicos de la época, componiendo una docena de canciones del género del bambuco, entre ellas “Reina de mi alma” y “Los clarineros” con música de Manuel López Barbeito.
En honor a la música yucateca hizo los relieves que adornan el Monumento de los Creadores de la Canción Yucateca en el Cementerio General meridano.
Este insigne escultor amó tanto a Yucatán que se animó a obtener la naturalización mexicana, trámite que tardó años y, en un giro irónico, la carta de ciudadanía le llegó a su casa unas horas después de haber fallecido. Sus restos reposan en una cripta del mencionado Monumento a la Patria.
El escultor colombiano tuvo que estudiar los personajes de la historia de México para plasmar sus rostros y figuras en el obelisco, lo cual hizo amar más a nuestro país, lo que representaba un gran compromiso con la patria.
No todo fue miel sobre hojuelas en más de una década de trabajos, pues tuvo que tratar con cinco distintos gobernadores, siendo Ernesto Novelo Torres quien concibió el proyecto para hacer un monumento a la bandera, quien convocó a un concurso ganado por Manuel Amábilis; después, éste le cedió la obra a Rozo para iniciar trabajos el 7 de marzo de 1945.
El siguiente gobernador permitió que el colombiano modificara la idea inicial de un loor al lábaro patrio para convertirlo en la historia nacional.
Rómulo Rozo Peña tardó casi 11 años en terminar el citado monumento, con un diámetro en su hemiciclo de 40 metros y 14 en su parte más alta. La obra fue hecha sin piezas prefabricadas de concreto para su forma y relieves, su tallado hecho totalmente a mano con piquetas con una precisión casi fotográfica en rostros de los personajes ahí plasmados de la historia de México y de las deidades prehispánicas tanto mayas como de la cultura azteca.
Este escultor amó esta tierra y se sentía yucateco, nunca volvió a Colombia; prefería la horchata y el refresco de naranja agria o su licuado de mamey, disfrutaba del pan francés con platillos locales y amaba el sorbete de coco. Rómulo se decía un parcero sincero, que significa hermano del alma.
Existen dos libros sobre Rozo: “Rómulo Rozo: Escultor indoamericano” que data de 1974 y “Las piedras parlantes” escrito en 2011. Los autores fueron Rómulo Rozo Krauss y Raúl Alcalá Erosa, respectivamente. En las páginas de los citados textos se muestra la faceta humanista del parcero quien era admirador de las culturas prehispánicas, tal y como escribió en una carta donde decía “y ahí tenía que esculpir gigantes y tenía que crear toda la decoración basada en el arte de mis ancestros indígenas”.
Rómulo son seis letras que lleva su nombre, grabadas en oro en la historia del Mayab y sí, efectivamente, el artista sudamericano decidió volver a nacer en Yucatán.
*Cronista.
