Amar a Dolly Rebecca Parton era fácil. Era hermosa, divertida y amable. Se dice que era una bromista a la que se le daban bien los chistes subidos de tono. Era una figura original de la música country, una brillante estrella del pop, una actriz que se robaba el espectáculo, un ícono cultural y una filántropa sin igual. Para la última década de su carrera de más de 60 años, amarla se había convertido en una especie de sacramento público. Pero Dolly no se veía a sí misma como una santa; se identificaba como algo que necesitábamos aún más: una escritora.

A pesar de la forma en que todos amábamos a Dolly, no creo que muchos de nosotros hayamos entendido realmente eso sobre ella. Nos aferramos a las historias que nos contaba sobre cómo creció con mucho amor y poco dinero. Sabíamos que veneraba a su padre y honraba a su madre. Sabíamos que le dijo a Elvis Presley que no podía poseer los derechos de una de sus canciones y que, sorprendentemente, el Rey no pareció guardarle rencor por ello. Sabíamos que quería que los niños leyeran, que se celebrara a las personas queer y que la gente del campo no se sintiera ignorada.

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