Con “Autobiografía del algodón”, Gorguz Teatro trajo la memoria al escenario y cerró su estancia de un mes en Mérida.
La compañía regiomontana presentó el pasado fin de semana una adaptación de la novela homónima de Cristina Rivera Garza hecha por Felipe Villarreal y bajo la dirección de Alberto Ontiveros, director general de la compañía escénica.
El montaje no traslada literalmente el libro a escena, sino que desmonta sus materiales, los fragmenta y los vuelve a reunir para establecer nuevas relaciones entre pasado y presente. La escritora dedica este trabajo a su hermana y otras mujeres que se convirtieron en un número y no tuvieron la oportunidad de que a su historia se le hiciera justicia.
La vida de una familia se encuentra así con la historia de una región. Los documentos personales dialogan con acontecimientos políticos y sociales; las historias individuales se mezclan con los movimientos de una comunidad, mientras el paisaje adquiere un papel fundamental en la narración. El algodón, materia que dio nombre a la obra, permite acercarse a una época marcada por el trabajo del campo, las migraciones, las transformaciones económicas y los conflictos sociales que acompañaron el auge algodonero en el norte de México, particularmente en una zona de Nuevo León cercana a la frontera.
El montaje motiva a preguntarse qué permanece cuando una época termina. La respuesta aparece en los vestigios, nombres, fotografías, papeles, telegramas, objetos y recuerdos que pasan de una generación a otra.
En el escenario, esos elementos dejan de ser simples documentos y se convierten en materia teatral. En archiveros que permanecen activos y reactivos durante toda la obra en el escenario. Una fecha conduce a un lugar; un lugar lleva hasta una persona; una persona puede aparecer en una fotografía y esa imagen abrir, a su vez, una historia familiar que parecía perdida.
Así funciona la memoria dentro de la puesta en escena: no avanza de manera lineal, sino que salta entre tiempos, recupera detalles, establece conexiones y vuelve sobre aquello que parecía olvidado.
Uno de los hilos narrativos conduce hasta José Revueltas y al episodio de su juventud en el que fue enviado por el Partido Comunista a Estación Camarón, en Anáhuac, Nuevo León. Su presencia permite ampliar la mirada hacia los conflictos políticos, sociales y laborales de una época, aunque la obra no se concentra en una sola biografía.
La estructura se abre a múltiples voces y construye una especie de mapa humano a partir de fragmentos. Lo íntimo y lo colectivo se encuentran en un territorio que también es protagonista. Esta manera de abordar la historia forma parte de la búsqueda artística de Gorguz Teatro, compañía fundada en 2005 que ha desarrollado el concepto de “aridoestética”, una aproximación escénica vinculada con las particularidades del norte de México: la aridez, la frontera, la industria, la migración y las formas en que las personas construyen su relación con el territorio y la memoria.
En “Autobiografía del algodón”, esa búsqueda adquiere un marcado carácter documental. La escena reúne archivos, documentos, listas, fechas, objetos y materiales audiovisuales, que conviven con el trabajo corporal de los intérpretes, la música, el canto, la iluminación, la escenografía y apoyo multimedia. El escenario se convierte así en una suerte de archivo vivo. Lo que alguna vez fue papel adquiere cuerpo; una fotografía cobra movimiento y una fecha puede convertirse en voz.
Durante aproximadamente 90 minutos, los intérpretes encarnan documentos y recuerdos para construir una historia que parte de lo familiar y termina ampliándose hacia una dimensión territorial y colectiva.
La adaptación teatral enfrenta el reto de llevar a escena una novela construida alrededor de la memoria, la investigación y la reconstrucción histórica.
La respuesta de Gorguz Teatro es una estructura fragmentaria y sensorial que no solamente busca contar qué ocurrió, sino preguntarse cómo recordamos aquello que ocurrió y qué hacemos con lo que no podemos conocer de manera directa. En ese espacio entre lo documentado y lo imaginado aparece el teatro. Una fotografía, una carta, una lista de nombres o un documento encontrado muchos años después pueden ofrecer una pista, pero corresponde a la escena reconstruir aquello que el archivo no alcanza a contar por completo.
En los minutos finales, la obra vuelve sobre Estación Camarón y sobre aquella huelga reprimida en abril de 1934, cuya memoria terminó desdibujándose hasta casi desaparecer. “Perder la huelga equivale a perderlo todo”, se escucha en escena, pero el montaje plantea que perderla no significó necesariamente que dejara de existir su historia. Entre el silencio impuesto, los nombres borrados y los documentos que sobrevivieron al paso del tiempo, aparece también el diccionario como símbolo de una herramienta para nombrar lo que había quedado en la oscuridad: palabras capaces de reconstruir un territorio, una familia y una época. Así, la historia del algodón se convierte también en la historia de quienes lo trabajaron, de quienes se movilizaron y de quienes fueron expulsados de la memoria colectiva. “Reescribir es resucitar”, plantea la obra en su despedida. Y en ese gesto, Gorguz Teatro devuelve a escena aquello que durante décadas permaneció en silencio.
El montaje llegó a Mérida como parte del Festival de Teatro de La Rendija: Iberoamérica en Escena, como parte del cual Gorguz Teatro desarrolló una estancia de un mes en la ciudad.
El paso por Mérida deja también una reflexión sobre la manera en que el teatro puede acercar territorios que, a primera vista, parecen distantes. El norte mexicano que presenta Gorguz Teatro está hecho de tierra, agua, trabajo, migración, conflictos, documentos, ausencias y voces, pero también de los vínculos que permanecen entre las personas y los lugares que alguna vez habitaron.
El algodón se convierte en una referencia agrícola y en uno de los hilos que permiten unir generaciones, familias y territorio. Cuando una actividad desaparece, cuando un paisaje cambia o cuando una generación deja de estar, no necesariamente desaparece todo lo que existió. Quedan los nombres. Quedan las fotografías. Quedan las historias. Y queda la memoria.
En “Autobiografía del algodón”, Gorguz Teatro convierte esos rastros en escena y demuestra que un territorio también puede recordar. A veces, incluso, puede volver a florecer sobre un escenario.— DARINKA RUIZ MORIMOTO
