De fondo un acordeón, con unos cuantos huevos blancos colgando y la memoria expuesta sobre el escenario, José Rafael Flores Chávez convirtió su historia de vida en una reflexión sobre la identidad, la violencia y la necesidad de encontrar un lugar donde ser uno mismo.
El acordeón ya sonaba cuando los espectadores comenzaron a ocupar sus asientos. Su melodía acompañaba la entrada al teatro y parecía anticipar que aquella no sería una función convencional. Al frente, unos cuantos huevos blancos colgaban de rejillas suspendidas; detrás, sobre un papel, dibujos de gallinas, un mapa y algunas palabras aguardaban su turno para revelar el sentido de una historia que se iría construyendo con la memoria.
Así comenzó el encuentro del público meridano con “Josefina, la gallina puso un huevo en la cocina”, la propuesta unipersonal de la compañía Vaca35, Teatro en Grupo, de Ciudad de México, que llegó a Mérida el pasado fin de semana como parte del 12o. Festival de Teatro de La Rendija, Iberoamérica en Escena, y de su propia gira Efiteatro 2026. La presentación coincidió con los 19 años de trayectoria de la agrupación.
Flores Chávez interpreta a una gallina, reconociéndose en ella, vindicando su vida y utilizando esa condición como la vía para hablar de sí mismo y de aquello que la sociedad suele señalar, cuestionar o condenar cuando una persona se aparta de las expectativas de otros.
Con una fuerza histriónica que transita de la comicidad al desgarro, el actor repite sus porqués, expresa cuánto aprecia los huevos y cuánto ama a esos pequeños acompañantes con quienes comparte la vida.
Lo que al principio puede parecer una ocurrencia insólita adquiere poco a poco todo el sentido. Los huevos dejan de ser un elemento absurdo para convertirse en depositarios de afectos, anhelos, pérdidas y recuerdos; es aquello que se protege, aquello que se espera y aquello cuya ruptura puede provocar el dolor más profundo.
La dramaturgia de Damián Cervantes, con codirección de Diana Magallón, se nutre del archivo personal del intérprete. De ahí que los dibujos, el mapa y las palabras colocados al fondo del escenario no sean meros adornos, más bien forman parte de una memoria que se despliega ante los espectadores, mientras el cuerpo del actor se convierte en el principal territorio de la narración. Picoteando, aleteando, y danzando como una gallina.
La historia comienza en la infancia, cuando las diferencias se vuelven motivo de burla y el entorno pretende dictar cómo debe comportarse un niño.
José recuerda el acoso de sus compañeros de escuela y de otros niños en la calle, las burlas por su talla y por sus maneras, por ese modo de ser que los demás calificaban de “amanerado”. Ser señalado, convertirse en el “freak”, aprender a vivir bajo la mirada ajena, experiencias que dejaron huella y que, en esta puesta en escena, encuentran una forma de expresarse sin esconder el dolor.
La gallina se vuelve entonces una metáfora de quien ha sido observado, juzgado y reducido a una etiqueta. Pero también de quien, pese a todo, continúa poniendo huevos. De quien crea, cuida, ama y se aferra a aquello que le permite seguir adelante.
El acordeón de Alberto Rosas acompaña ese viaje con una presencia constante. Su música no interrumpe la narración, la guía, la dibuja, respira con ella, la sostiene y, en ciertos momentos, parece decir lo que las palabras ya no alcanzan a expresar.
Entre cantos, gritos, lágrimas y sudor, Flores Chávez recorre el escenario y lleva al público por un tobogán de emociones. La risa abre paso al asombro; el asombro, a la inquietud, y esta, de pronto, a una tristeza que obliga a mirar de otra manera a quien se tiene enfrente.
En los aproximadamente 59 minutos de la función, el mapa también se convierte en una ruta de desplazamiento. De la frontera en Ciudad Juárez a la caótica Ciudad de México, el protagonista emprende una búsqueda que no es meramente geográfica, busca un sitio donde pueda existir sin tener que justificarse.
La capital lo deslumbra porque allí encuentra la posibilidad de ser él mismo, enamorarse y vivir sin el juicio permanente de los otros. En ese trayecto conoce el amor y experimenta la libertad de compartir la vida con alguien sin tener que esconder quién es. Sin embargo, esa felicidad tampoco resulta definitiva. La soledad y el desamor reaparecen, recordándole que cambiar de ciudad no siempre significa dejar atrás las heridas.
El relato adquiere otra intensidad cuando la memoria se detiene en la violencia de Ciudad Juárez. Las mujeres desaparecidas, secuestradas, abusadas, mutiladas, torturadas y asesinadas irrumpen en la historia bajo la imagen de otras gallinas cuya vulnerabilidad las convierte en víctimas.
El horror se presenta no solo por la brutalidad de los hechos, sino por la manera en que la repetición puede volverlos cotidianos, “muertas y más muertas, por aquí, por allá más muertas”, y aquello que alguna vez provocó espanto termina reducido a una cifra.
La violencia y el miedo forman parte del camino que lleva al protagonista a emigrar. Pero abandonar un lugar no significa necesariamente escapar de todo aquello que lo lastima. La memoria viaja con él, lo mismo que sus preguntas sobre la identidad, el deseo, el amor y la posibilidad de construir una vida propia.
“Dicen que las gallinas somos bien put…”, se escucha en uno de los pasajes de la puesta en escena. La frase, provocadora y cargada de ironía, pone sobre la mesa los prejuicios que pesan sobre el cuerpo y la sexualidad, especialmente cuando se trata de quienes desafían las convenciones. En boca de Josefina, la sentencia deja de ser una simple provocación para exhibir el mecanismo con que se juzga a los demás y se pretende imponerles una forma aceptable de vivir.
El cuerpo de Flores Chávez se convierte así en un espacio de resistencia y exposición. El actor canta, grita, llora, se ensucia con lodo para refrescarse y, en un momento de especial vulnerabilidad, expone su cuerpo junto con su alma. No busca la comodidad de una representación distante, se entrega físicamente a una historia en la que el sufrimiento, el humor y el deseo conviven sin pedir permiso.
Entre todas las imágenes, quizá ninguna resulte tan elocuente como la pesadilla de que uno de sus huevos se rompa. En ese objeto pequeño, aparentemente frágil e insignificante, se concentra el temor a perder aquello que se ama. Porque los huevos de Josefina también son sus hijos imaginados, sus proyectos, sus ilusiones y sus recuerdos; representan todo lo que ha intentado preservar mientras aprende a vivir con las pérdidas. Al final, un bosquejo de haber logrado algo, un pollito de cuerda camina por el escenario.
La metáfora de la gallina, ha ido migrando desde antes de la pandemia, desarrollándose en una propuesta que ha transitado por distintos festivales, encuentra en esta historia una lectura contemporánea. Al final, Josefina parece comprender su condición de ave de corral. No tiene por qué convertirse en otra especie ni demostrar que puede volar como las demás. Le basta con abrir las alas, aflojar el cuerpo y seguir poniendo huevos, aunque cada uno implique exponerse a la esperanza y al riesgo de perderlo.
Quizá, como sugiere la propia puesta en escena, todo este recorrido sea una investigación sobre el amor y la soledad. Una historia sobre las fronteras que separan a las personas, las que se trazan en un mapa y las que se levantan dentro de nosotros; sobre el miedo a ser rechazados y la necesidad de encontrar un lugar donde el afecto no exija ocultar la identidad. Cuando la música y las palabras terminan de desplegar esa memoria, queda la imagen de una gallina que ha cargado con el dolor, que ha conocido el amor y que no se rendirá en encontrar su sitio.— Darinka Ruiz Morimoto
