De la expresividad y brillo de Paganini a la tradición musical e identitaria de Daniel Ayala, para rematar con la belleza y profundidad de Prokófiev. Así fue el recorrido por el que la Sinfónica de Yucatán llevó a la audiencia en un concierto versátil y lleno de emociones.
La OSY se presentó anteanoche en el Palacio de la Música, en el primero de los dos conciertos del quinto programa de su actual temporada, con el que reunió en el auditorio a tres compositores de muy diferentes orígenes: un italiano, un yucateco y un soviético.
Bajo la batuta de su director artístico titular, Alfonso Scarano, la Orquesta inició su actuación con una gran apuesta, el Concierto para violín número 1 de Paganini, en el que se tuvo como invitado solista a Valerio Scarano, hijo del director, quien dio muestra del porqué se le seleccionó para tocar esta obra, de gran exigencia técnica y virtuosismo.
El propio Alfonso Scarano relató días antes en un encuentro con los medios de comunicación que había escuchado a unos 25 violinistas de varios países, incluido México, en la búsqueda del solista para interpretar la exigente obra, y al no encontrar el nivel necesario en ninguno de ellos recurrió a su hijo, de 23 años, apasionado y entregado a la música, quien, a su consideración, tiene las habilidades para ejecutar esta obra con el alto estándar que la Orquesta exige.
Valerio no defraudó ni a su padre ni al público, pues ofreció una interpretación muy disfrutable, y se enfrentó con aplomo y seguridad a las exigencias musicales y expresivas de una de las más famosas obras para violín.
El primer movimiento es quizá el más desafiante para el solista, al contar con pasajes que exigen gran agilidad y otros que demandan virtuosismo. Valerio respondió a estas exigencias e imprimió carácter a la obra.
Algo novedoso fue que, como parte del primer movimiento, tocó la cadenza de Augustin Hadelich y no la de Émile Sauret, que es la más popular. La de Hadelich, aunque es más corta, también es más idiomática respecto al concierto de Paganini, por lo que la melodía que aparece claramente en la composición se traslada a la cadencia, lo que resultó reconocible para los escuchas.
Una línea melódica expresiva se dejó sentir en el adagio, para luego, en el tercer movimiento, enfrentarse a los dobles armónicos, entre otros recursos técnicos que Paganini aportó a la obra.
El solista supo sacarle brillo al violín, hacerlo cantar casi como si fuera una voz, y mantener la elegancia, la tensión dramática y la intención musical que la pieza demanda. Mostró un diálogo fluido con la Orquesta, un adecuado manejo de la intensidad del sonido y creó por momentos una atmósfera expectante.
La interpretación de Valerio Scarano gustó al público, que le brindó prolongados aplausos que lo hicieron regresar al escenario a agradecer las ovaciones en dos ocasiones. Algunos incluso le aplaudieron de pie.
El programa continuó con una obra del yucateco Daniel Ayala Pérez, “Sinfonía de las Américas”, que la Sinfónica de Yucatán reestrenó —luego de 70 años de no tocarse— en el primer programa de la actual temporada, en septiembre pasado.
La repitió en este quinto programa no solo para seguir difundiendo la pieza, sino también como preparación de la actuación que tendrá el próximo sábado 24 en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, donde se presentará con las mismas composiciones que el público yucateco ya pudo escuchar.
La obra de Ayala Pérez imprimió a la noche un estilo más contemporáneo e hizo sentir la identidad del pueblo yucateco, sobre todo en el tercer movimiento, que denota de manera más evidente los rasgos de la cultura maya. El carácter folclórico, festivo y popular de esta sinfonía se hizo presente en el segundo y cuarto movimientos.
Con esta interpretación, la OSY hizo viajar al pasado, recordar o imaginar cómo era la Mérida de hace unas seis décadas atrás.
Y tal como el director lo anticipó, se convirtió en una experiencia que no pasa por el razonamiento, sino que cumple el objetivo de la música: emocionar.
Para cerrar la presentación, la agrupación sinfónica interpretó la suite “Romeo y Julieta”, de Prokófiev, que se estrenó en 1938. La OSY tocó piezas de las suites 1 y 2 (el compositor hizo tres).
La formación europea del director se hizo notar, al presentar estas suites no en el orden en que dispuso el compositor, sino en la de la Royal Philharmonic Orchestra.
Fueron nueve piezas las que se interpretaron, iniciando con seis que forman parte de la suite 2 y que permitieron sentir el dramatismo del conflicto entre los Montesco y los Capuleto, reconocer a la curiosa y vivaz Julieta, la ternura amorosa de la pareja, el romance y el trágico desenlace.
La música transportó a las escenas de una manera distinta, a veces con la fuerza de los metales, otras con la ligereza de las cuerdas, con la profundidad del sonido, la intensidad o la calma.
Las tres últimas piezas fueron de la suite 1 y denotaron un carácter juguetón y teatral, para ir subiendo la energía hasta llegar a una de las escenas más dramáticas, la muerte de Teobaldo.
Metales y percusiones resonaron contundentes y retumbaron en el corazón de los presentes, en un final poderoso, tal como busca esta alineación de piezas, dejando a la audiencia con una sensación de impacto emocional que derivó en una explosión de aplausos.— IRIS MARGARITA CEBALLOS ALVARADO


