En casa la vida siguió su curso mientras la ausencia se adueñaba de los espacios, saltándonos en cada rincón para sorprendernos. Fue entonces cuando decidimos salirle al paso a la tristeza y colorear de alguna manera nuestros sentimientos resignificando lo que un día se fue aunque aún permanece atado a nuestro corazón.
Y de esa manera por primera vez pusimos un altar en nuestro hogar con un poco de tradición y otro tanto de nuestros propios recuerdos. Porque aunque a veces cueste sentir, el amor siempre encuentra la manera de hacerse presente.
Y es por eso que el altar no es para llorar ausencia. Es una mesita llena de amor con la foto que nos hace sonreír, la flor que huele a campo, la comida y el pan que eran sus favoritos. El aroma a estoraque, incienso y brea junto con la luz va haciendo un guiño para decirles: “Acérquense, es por aquí”.
El altar no es para llorar la ausencia. Es el sitio que nos reúne, es el enlace con el pasado y el puente hacia el futuro. La referencia, la esencia y la esperanza en lo que será. El altar no es para llorar la ausencia. Es para celebrar que vienen por unos días.
Para que la oración los guíe de regreso y el canto les transmita la alegría de quienes con cariño los esperamos siempre. Vengan, vengan, Ko’one’ex, que aquí todo está dispuesto y su lugar sigue guardado. Queridas almas, sean bienvenidas, esta casa vuelve a estar completa con ustedes.
Licenciada en Ciencias de la Comunicación.
