Hubo un tiempo en que escuchar música era, por sí misma, la actividad principal. No era el fondo de nada; era el destino.

El proceso constituía un ritual sagrado que involucraba todos los sentidos: entrar a una habitación, elegir un vinilo, deslizarlo con cuidado fuera de su funda antiestática y retirar el polvo con un cepillo antes de posar la aguja sobre el surco.

Con el sutil siseo analógico como preludio, uno se sentaba con su bebida favorita a sostener esa carátula de treinta por treinta centímetros, desmenuzando los créditos, el arte visual y las letras línea por línea. El tiempo se detenía. La escucha era eso: la escucha.

Hoy, la música ha sido degradada a un mero “soundtrack” para acompañar actividades principales. Suena mientras manejamos, entrenamos en el gimnasio o deslizamos la pantalla del teléfono en un bucle infinito de vídeos cortos. En el camino perdimos el valor de la atención, y con él, la industria cambió sus reglas de juego.

Las composiciones monumentales y complejas como “Hotel California” de The Eagles o “A Day in the Life” de The Beatles han sido reemplazadas por una producción masiva e inmediata, volcada casi exclusivamente hacia el ritmo y los mensajes sexuales explícitos.

Este cambio radical no es casualidad; responde a la economía de la hiperestimulación. Bajo la dictadura del algoritmo del “streaming”, una reproducción sólo genera ingresos si el usuario no salta la canción en los primeros treinta segundos. Como consecuencia, las introducciones místicas de guitarra, los desarrollos progresivos y las transiciones orquestales estorban.

La música actual debe golpear rápido y sin rodeos. Al eliminar la poesía, el misterio, la ambigüedad, se extinguió también la polisemia: esa maravillosa cualidad artística que permitía al oyente proyectar sus propios demonios, miedos y vivencias en una melodía.

El talento no ha muerto; el foco cultural se ha movido. La tecnología nos dio acceso a toda la música del mundo en el bolsillo, pero nos robó el espacio sagrado para contemplarla. Mientras sigamos consumiendo arte como si fuera un producto desechable diseñado para la retención digital, difícilmente volveremos a presenciar el nacimiento de una obra maestra que detenga al mundo y lo obligue, simplemente, a sentarse a escuchar.

Romper con esa inercia está en nuestras manos. Cada vez que decidimos pausar el ruido exterior podemos conectar de verdad con alguien a través del sonido. Bien decía Gustavo Cerati: “Si alguien te recomienda alguna canción debes escucharla, porque ese alguien te está compartiendo un pedacito de su felicidad”.

Al final del día, rescatar la escucha atenta es la única forma de devolverle a la música su verdadero poder.

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