El papa Francisco al presidir el viacrucis

Peculiar viacrucis meditado desde la cárcel de Padua

CIUDAD DEL VATICANO (EFE y Notimex).— El papa Francisco presidió ayer un viacrucis histórico, que se celebró en la Plaza de San Pedro del Vaticano y no en el Coliseo, como es habitual, y al que no acudieron fieles por la emergencia de la pandemia del coronavirus.

El papa Francisco rezó una breve oración para que la humanidad no sucumba a la oscuridad: “Señor, no nos dejes en las tinieblas y en la sombra de la muerte, protégenos con el escudo de su poder. Dios, defensor de los pobres y afligidos, ayúdanos a soportar el yugo cada día”, dijo. Y el resto del tiempo asistió con absoluto recogimiento a la lectura de las meditaciones en este rito, que narran el calvario de Jesús de Nazaret desde su condena a muerte hasta su sepulcro, mediante 14 estaciones en las que la Cruz va pasando de mano en mano mientras dos narradores leen pasajes del Evangelio.

Los portadores de la Cruz comenzaron el recorrido en el obelisco y fueron avanzando hacia el sagrado, donde se encontraba el Papa.

Llevaron la Cruz dos grupos de cinco personas, cinco prisioneros de Padua y cinco médicos y enfermeros del Fondo de Asistencia Sanitaria del Vaticano, manteniendo en todo momento la distancia de un metro de seguridad, aconsejada por las autoridades sanitarias para evitar contagios por Covid-19.

Las meditaciones fueron propuestas este año por la capellanía del Centro Penitenciario de cumplimiento “Due Palazzi” de Padua.

Entre las personas que las escribieron se encuentran cinco personas detenidas, una familia víctima de un delito de homicidio, la hija de un hombre condenado a cadena perpetua, una educadora de instituciones penitenciarias, un juez de vigilancia penitenciaria.

También la madre de una persona detenida, una catequista, un fraile voluntario, una agente de policía penitenciaria y un sacerdote que fue acusado y luego absuelto definitivamente, tras ocho años de proceso.

Los textos, recogidos por el capellán Marco Pozza y la voluntaria Tatiana Mario, fueron escritos en primera persona pero no llevaron ningún nombre en concreto, un gesto con el que quisieron dejar claro que la voz de cada uno de ellos era la de todos los que comparten la misma condición en el mundo.

A continuación, la primera meditación:

“Cuando estoy encerrado en la celda y releo las páginas de la Pasión de Cristo, comienzo a llorar. Después de 29 años en la cárcel, aún no he perdido la capacidad de llorar, de avergonzarme de mi historia pasada, del mal cometido. Me siento Barrabás, Pedro y Judas en una única persona. Me da asco el pasado, aun sabiendo que es mi propia historia. Viví años sometido al régimen de aislamiento previsto por el artículo 41-bis (de la Ley del sistema penitenciario italiano) y mi padre murió bajo esas mismas condiciones. Muchas veces, de noche, lo oía llorar en la celda. Lo hacía a escondidas, pero yo me daba cuenta. Ambos estábamos en una oscuridad profunda. Pero en esa no-vida, siempre busqué algo que fuera vida. Es extraño decirlo, pero la cárcel fue mi salvación. No me enfado si soy todavía Barrabás para alguien. Percibo en el corazón, que ese Hombre inocente, condenado como yo, vino a buscarme a la cárcel para educarme a la vida.

“Señor Jesús, a pesar de los fuertes gritos que nos distraen, te vislumbramos entre la multitud de cuantos vociferan que debes ser crucificado, y tal vez entre ellos estamos también nosotros, inconscientes del mal del que podemos llegar a ser capaces. Desde nuestras celdas, queremos pedir a tu Padre por quienes, como Tú, están condenados a muerte, y por cuantos quieren remplazar todavía tu juicio supremo”.

Oremos: Oh Dios, que amas la vida, siempre nos das una nueva oportunidad a través de la reconciliación para que gustemos tu misericordia infinita, te suplicamos que infundas en nosotros el don de la sabiduría, para que consideremos a cada hombre y a cada mujer como templo de tu Espíritu, y respetemos su dignidad inviolable. Por Cristo nuestro Señor.

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