Enrique Puc Rosado, director de Casa Migrante en Mérida, señaló que la responsabilidad de abordar la situación de los migrantes no recae únicamente en la Iglesia o las organizaciones civiles, también en las autoridades gubernamentales.
“El gobierno debe tomar un papel activo”, afirmó. “Ignorar esta realidad puede convertirla en un problema social más grande, donde la falta de recursos y apoyo puede llevar a situaciones extremas, como la explotación y la violencia”.
En Mérida, hay una creciente necesidad de espacios seguros donde los migrantes puedan sentirse acogidos. “Hay muchas casas abandonadas en el Centro Histórico que podrían ser utilizadas para este fin”, indicó Puc.
Un enfoque más colaborativo entre el gobierno y las organizaciones civiles podría proporcionar soluciones efectivas, recalcó.
Niños migrantes en México, sin acceso a educación
La educación es un área crítica para los niños migrantes. Puc dijo que, aunque el derecho a la educación existe, en la práctica es complicado en el caso migrantes.
Según Unicef, se estima que alrededor del 40% de los niños migrantes en México no tienen acceso a la educación formal.
Esto se debe a diversos factores, como el estatus migratorio, la falta de documentos necesarios y el desconocimiento de los derechos educativos.
Muchos niños se enfrentan a barreras para acceder a la escuela, y los padres no pueden obtener becas debido a su estatus migratorio.
“Necesitamos que el gobierno flexibilice estas políticas”, sugirió, esto es algo vital para la integración de las familias.
La Ley General de Educación en México establece que todos los niños, independientemente de su estatus migratorio, tienen derecho a acceder a la educación. Sin embargo, la realidad muestra que muchos enfrentan barreras que dificultan este acceso.
“Aquí, apoyamos a los pequeños en buscarles educación, pero no es fácil ya que también hay que ver la forma de pagar los gastos del uniforme, los libros, el lunch, entre otras cosas”, indicó.
“Por eso buscamos implementar talleres para mujeres, con el objetivo de ofrecerles oportunidades económicas y fomentar su autonomía. Esto no solo beneficiaría a ellas, sino también a sus familias…”
“Necesitamos también apoyo de docentes que quieran venir a dar clases no solo a los pequeños, sino a las mujeres que residen en la casa, así como asistencia psicológica y de salud para atender esas necesidades que son imprescindibles”.
Puc comentó que la casa se ha enfrentado a numerosos desafíos, especialmente durante la pandemia, cuando el flujo de migrantes no cesó. A pesar de las dificultades, la solidaridad de la comunidad ha sido fundamental.
La respuesta inicial fue abrumadora, pero el trabajo en la casa es arduo y requiere más manos.
Destaca labor de voluntarios
Rosita Magaña ha sido una voluntaria esencial en Casa Migrante, ya que cuida a las mujeres y pequeños, apoya con la comida y, en ocasiones, lleva a los pequeños a la escuela.
El equipo de Casa Migrante está compuesto en su mayoría por voluntarios, como la señora Rosita Magaña, Puc y el padre Lorenzo Mex Jiménez a la cabeza.
A pesar de la falta de personal remunerado, logran proporcionar apoyo legal a través de un licenciado, quien se encarga de los trámites de refugio.
“Trabajamos para ayudar a los migrantes, pero también recibimos mucho de ellos: sus tradiciones, sus historias y su resiliencia. Ver que muchos de los que llegaron a la casa lograron salir adelante, motiva”.
El voluntariado es clave en esta labor. Enrique invita a personas de todas las edades y trasfondos a unirse, resaltando que dar tiempo es uno de los mayores regalos que se pueden ofrecer.
La experiencia de trabajar con migrantes es transformadora y enriquecedora.
La sencillez de un plato de arroz y huevo adquiere un significado profundo en este lugar, donde cada bocado representa una nueva oportunidad.
A pesar de las dificultades, los habitantes de esta casa expresan una gratitud inmensa por el apoyo recibido, encontrando en la solidaridad un bálsamo que alivia las heridas del pasado y les permite mirar hacia el futuro con esperanza.
La migración es un fenómeno que nos afecta a todos y, como dice Enrique, “todos tenemos derecho a migrar”. Actuar desde la empatía y la solidaridad puede marcar una diferencia significativa.
La Casa Migrante en Mérida no solo es un refugio; es un espacio donde se construyen puentes de entendimiento y apoyo mutuo.
Migrante busca a su hijo
Pablo S.P. llegó desde Cuba hace un año a Mérida. Él llegó con su hijo de 25 años y su objetivo era llegar a Estados Unidos, pero consideró mejor quedarse en la ciudad, ya que lo veía más seguro. Su hijo decidió irse y buscar el sueño americano.
“No he sabido nada de él. Las familias buscadoras me están ayudando a localizarlo porque sinceramente lo extraño mucho”, señaló Pablo.
“Aquí he encontrado familia. Cuba está brutal; no es lo mismo poder encontrar al otro día un trabajo para poder comer que no encontrar nada y no comer”.
Pablo es ingeniero electroenergético, pero la situación de su país no le permitió ejercer su carrera.
“Aquí soy albañil, hojalatero, jardinero, pintor, eléctrico. Tengo oficio y lo único que me falta ahorita es mi hijo. Estoy muy agradecido de encontrar gente que nos brinda la mano, que nos entiende y que no nos juzga. Mi sueño es encontrar a mi hijo y lograr tener mi casa propia con un trabajo estable”.— Sofía Vital Chablé
