“En el proceso de degradación de los ecosistemas y la biodiversidad de Yucatán, la agricultura intensiva y el turismo no son actores secundarios, sino los protagonistas principales”, señaló el presidente y fundador de la asociación Va por la Tierra, Salvador Castell González.
“Ambas actividades, aunque aparentemente distintas, ejercen presiones sinérgicas y devastadoras sobre el frágil sistema kárstico de la península, acelerando el cambio de uso de suelo y sus consecuencias”.
“La agricultura intensiva, especialmente la vinculada a monocultivos a gran escala (como la soya) y a la agroindustria (como la ganadería industrial), juega un rol destructivo a través de la deforestación a gran escala”, señaló.
“Es el agente más directo de cambio de uso de suelo impulsada por la demanda de mercados globales. La agricultura mecanizada requiere la eliminación completa de miles de hectáreas de selva, provocando la fragmentación masiva del hábitat y la pérdida de biodiversidad a un ritmo alarmante”.
Agroquímicos en Yucatán
“Este modelo depende del uso masivo de agroquímicos. En el suelo delgado de Yucatán, estos fertilizantes, pesticidas y herbicidas no tienen tiempo ni capacidad de ser filtrados. Se infiltran casi de inmediato, contaminando de forma directa el acuífero con compuestos que son tóxicos para la vida acuática y para el consumo humano”, advirtió.
“La ganadería industrial genera volúmenes inmensos de aguas residuales con una altísima carga de nitrógeno y fósforo, además de patógenos y residuos de antibióticos. Las lagunas de oxidación, a menudo mal gestionadas o con fisuras, representan focos de contaminación directa y crónica al subsuelo, impactando la calidad del agua a kilómetros a la redonda”.
“Al enfocarse en la productividad a corto plazo, este modelo extrae nutrientes de forma acelerada, compacta el suelo con maquinaria pesada y lo deja biológicamente muerto e improductivo en pocos años, forzando el abandono de la tierra y la búsqueda de nuevas áreas para deforestar”, reiteró.
Turismo masivo en Yucatán
Respecto al turismo masivo, el doctor Castell dijo que el modelo turístico de “sol y playa”, concentrado en la Riviera Maya, en Quintana Roo, pero en constante expansión, ejerce una presión equivalente o incluso mayor a través del cambio de uso de suelo para infraestructura como la construcción de mega-hoteles, complejos residenciales, campos de golf y parques temáticos que implica la deforestación de vastas extensiones de selva y manglares, ecosistemas cruciales para la protección costera y la biodiversidad.
Los campos de golf, en particular, son “monocultivos de pasto” que requieren enormes cantidades de agua y agroquímicos sobre un suelo que no está preparado para ello. “El sector turístico es un consumidor voraz de agua dulce. La alta densidad de población flotante y las instalaciones (piscinas, campos de golf) ejercen una enorme presión sobre el acuífero, extrayendo agua a un ritmo mucho mayor que el de su recarga natural”, recordó.
“El crecimiento explosivo de centros urbanos como Cancún, Playa del Carmen y Tulum ha superado la capacidad de la infraestructura sanitaria. Los sistemas de drenaje y tratamiento de aguas residuales son a menudo insuficientes o inexistentes, lo que provoca que una gran cantidad de aguas negras se filtren directamente al acuífero, contaminando cenotes y el mar Caribe con nutrientes y patógenos, un factor clave en la proliferación del sargazo y el deterioro de los arrecifes de coral”.
“En resumen, desde mi perspectiva, tanto la agricultura intensiva como el turismo masivo operan bajo un paradigma de crecimiento que ignora la capacidad de carga del ecosistema yucateco”, señaló.
“Ambas actividades compiten por los mismos recursos finitos (tierra y agua) y utilizan el mismo subsuelo kárstico como un vertedero invisible, impulsando un ciclo de degradación que compromete la viabilidad a largo plazo de la región, tanto ecológica como económicamente”.




