La muerte masiva de abejas por intoxicación con agroquímicos, reportada desde hace mucho tiempo en la Península de Yucatán, es motivo de creciente preocupación no solo de apicultores sino de investigadores.
De acuerdo con recientes estudios, la mortandad en las colmenas es una tendencia que pone en peligro la biodiversidad y amenaza seriamente la economía y la seguridad alimentaria.
“Las abejas son polinizadoras de muchas plantas de Yucatán y de la región en general. Por eso debemos tomar conciencia de la importancia de protegerlas”, subraya Raymundo Augusto Martín Domínguez, pequeño apicultor de Muna, en el sur del Estado.
Es muy importante, agrega, que se sepa que las abejas no solo nos aportan miel, sino que realmente contribuyen a la vida.
Raymundo Martín, de oficio artesano y creador de obras que se exhiben en museos de México y otros países, tuvo inclinación por el cultivo y cuidado de las abejas a temprana edad.
Hace cuatro años tuvo la oportunidad de tomar en Tekit un curso de introducción a la meliponicultura —crianza y manejo de la abeja melipona— y decidió tener su propio apiario en terrenos de la Casa de la Cerámica, propiedad de su familia.
No es un productor a gran escala y tampoco produce la miel para vender, pero la vida entre las abejas le ha permitido conocer más sobre estos insectos y su valor para el ser humano.
Su principal propósito, según explica, es cuidar de las meliponas, una especie que considera también de trascendencia cultural para Yucatán por la importancia que tuvo para los mayas.
“Aprendo mucho de ellas porque son seres sociables que están en constante movimiento y aportan mucho a la naturaleza”, abunda. “Ellas son vida y las necesitamos”.

Enterado de la muerte masiva de abejas, coincide con las versiones de que el uso indiscriminado de agroquímicos está acabando con muchas colmenas y eso debe ser motivo de reflexión y de decisiones urgentes para frenar la tendencia.
“Por ejemplo, en el sur del Estado hay muchas plantaciones de cítricos y en esta época ha detonado la producción”, añade. “Entonces, los productores tienden a fumigar bastante sus cultivos sin tomar conciencia de los apiarios que están cerca”.
El entrevistado señala que la infección de una colmena empieza en el momento en que uno de los himenópteros se alimenta del néctar de flores contaminadas.
Cuando la abeja regresa a las colmenas entra en contacto con sus compañeras y les transmite los químicos. Así se genera una infección que termina por envenenar a apiarios enteros.
Raymundo dice que tampoco debe perderse de vista el cambio climático. El año pasado, explica, con el intenso calor las larvas se cocían en los huevecillos y, por tanto, no había crías de abejas.




