

MÉRIDA.- A unos 60 años de que se descubrió el espectáculo de luz y sombra de Chichén Itzá que se presenta con el equinoccio, su origen y significado siguen rodeados de mitos, misterios y dudas.
No hay registros etnohistóricos y epigráficos, solo se sabe de estudios realizados por extranjeros, no hay investigaciones nuevas, informa Marcos Pool Cab, jefe de la Unidad de Posgrado de la Facultad de Antropología de la Universidad Autónoma de Yucatán (Uady).
Lo mismo sucede con el fenómeno de Dzibilchaltún, que se presenta en las mismas fechas en que se observa el descenso de Kukulcán en Chichén.
“Falta muchísisimo por esclarecer, mucho por investigar en ambos casos”, expresa el académico.
“Hay muchos mitos en torno a Chichén Itzá y la arqueología maya en general, y es evidente que falta mucho por investigar”.
Dudas y mitos sobre los mayas y el equinoccio: ¿qué sabemos hasta ahora?
No se puede negar el hecho de que se han invertido cantidades importantes de dinero en esos dos sitios, sobre todo en Chichén.
“Efectivamente, se ha invertido mucho para restaurar, consolidar, traer al turismo y no está mal. Pero eso no es hacer investigación. Eso es lo que decía, no para investigar, y al final de cuentas eso debe ser un desafío y motivación”.
Los datos históricos que se localizaron en instituciones como el INAH y otras fuentes, es que el espectáculo en Chichén Itzá, conocido como el descenso de la serpiente emplumada (Kukulcán), lo descubrió el custodio Arcadio Salazar alrededor de 1965.
Se registró formalmente en 1971, de acuerdo con el artículo precursor del investigador francés Jean Jacques Rivard ese mismo año.
Con la luz solar en la escalinata norte del Castillo se forman siete triángulos de sombra que descienden 36 metros, visibles durante 45 minutos al atardecer de los equinoccios (del 20 al 23 de marzo y del 22 al 23 de septiembre).
También hay una versión lunar que se descubrió en 1993.
En Dzibilchaltún hay un fenómeno similar en el Templo de las Siete Muñecas, el cual fue descubierto en 1982 por el arqueólogo Víctor Segovia.
Se presenta también en los equinoccios (el 21 de marzo y 21 de septiembre), cuando el Sol ilumina la puerta poniente, centrándose en el disco solar al amanecer.
El jefe de la Unidad de Posgrado de la Facultad de Antropología plantea interrogantes críticas sobre los fenómenos de luz y sombra en Chichén Itzá y su relación con la historia maya.
También destaca la falta de registros etnohistóricos y epigráficos sobre el equinoccio en el contexto de la antigua civilización.
“Se ha dicho mucho de los mayas, pero al mismo tiempo se ha dicho poco, en el sentido de que falta muchísimo más por esclarecer […] Sin tratar de ser amarillista, hay muchos misterios todavía (sobre Chichén).
Hay muchas dudas hasta sobre el segundo nombre, Itzá”.
Falta de datos sobre el equinoccio de Primavera
“Lo que resulta sospechoso es que, a pesar de la importancia que se le atribuye al equinoccio en Chichén Itzá, no hay un registro claro de este fenómeno en las fuentes históricas mayas. Ni siquiera parece haber sido conservado en la memoria colectiva de los mayas”, declara Pool.
Este punto se vuelve más relevante al considerar que el fenómeno fue observado por primera vez tras las restauraciones realizadas por la Carnegie Institution en la primera mitad del siglo XX, apunta.
“Antes de las investigaciones de esta institución no había reportes sobre equinoccios en Chichén Itzá. Esto plantea preguntas sobre su importancia real en la época prehispánica”.
Del descenso de la serpiente emplumada, conocida como Kukulcán, “sabemos que en Mesoamérica la serpiente fue un símbolo de gran importancia religiosa y política”.
“En Chichén Itzá este fenómeno se supone que simboliza la renovación, la fertilidad, el equilibrio entre la luz y la oscuridad, aunque no hay datos etnohistóricos que lo confirmen”, explicó.
Pool Cab destaca que, a pesar de la presencia de un calendario en Chichén Itzá, la validez del equinoccio y su significado en la época hispánica siguen siendo objeto de debate.
“La pregunta es: ¿realmente era un evento importante para los mayas? Hasta la fecha no hay registros que lo confirmen”.
Existe un castillo que funciona como un calendario, continúa, eso es evidente, es claro, las escalinatas, las 91 escalinatas o escalones. En cada escalinata, que son cuatro, nos dan 364 más el superior, siendo un total de 365 días.
“El calendario por un lado, por otro, ¿qué es lo que vemos con eso? Que la pirámide de Kukulcán funcionó, por supuesto, como un edificio, pero (no sabemos) qué tan importante era y si lo fue este fenómeno del equinoccio en la época hispánica”.
El entrevistado remarca que no hay una fuente histórica, al menos registrada por los obispos o militares que llegaron en el siglo XVI, sobre que en ese tiempo los indígenas mayas pensaban algo relacionado con un fenómeno solar.
No hay nada de eso, no existe nada de eso.
“Si no tenemos que eso venía a marcar los ciclos del campo, para los cultivos, en relación con lo que se sabe de otras áreas de Mesoamérica. El equinoccio tenía algo que ver con esto; la cuestión del equinoccio es que, repito, se refleja en otras partes de Mesoamérica y se ha dicho prácticamente lo mismo, marca el ciclo agrícola, la aparición cíclica de la deidad solar como es Kukulcán, y ya está”.
Según expone, también se construyeron otras hipótesis de que es un fenómeno natural, en el sentido de que entran en juego el sol, un día soleado, las nubes y demás.
“Imagínate que ese día hay norte y no se ve el descenso de Kukulcán, ya hubo equinoccios que no se ven. Si lo trasladamos a la época prehispánica, vamos a hablar en el siglo XII, cuando se construyó la pirámide, ¿qué pensarían la gente, los gobernantes, los sacerdotes, con un norte donde no aparece Kukulcán? Significa que ese año no habrá cultivos, no habrá cosecha, es un futuro incierto, pero es meramente hipotético”.
Sobre “Itzá”
Otros mitos y dudas es sobre la segunda parte del nombre, Itzá. Algunos lo atribuyen a que fue por la existencia de los itzaes en esta región, un grupo que, según la tradición, habría construido Chichén Itzá.
“La evidencia arqueológica y las fuentes etnohistóricas no son concluyentes sobre su existencia. A diferencia de grupos como los cocom y los xiu, que están documentados, los itzaes podrían ser solo un concepto, no un grupo étnico definido”.
También pudo ser producto de las interpretaciones del Chilam Balam: Itzá podría venir de Itz Ha.
“Cuando vemos Itz Ha ya cambia, lo pudieron cambiar. La cuestión está en las interpretaciones del Chilam Balam con Roys”.
El entrevistado pone en duda si las interpretaciones del antropólogo Ralph L. Roys del Chilam Balam fueron verídicas o no.
“¿Y por qué mencionamos esto? Porque con base en las interpretaciones de Roys se ha construido toda esa historia que ahorita conocemos sobre Chichén: que llegan los itzaes, inclusive la influencia tolteca, con Quetzalcóatl”.
Pool Cab hace un llamado a la comunidad académica y al público en general para que se informen adecuadamente y promuevan una cultura de investigación más profunda sobre la riqueza histórica y cultural de la civilización maya.
“Es crucial que los arqueólogos mexicanos se enfoquen en las memorias ancestrales y la historia local, en lugar de depender solamente de las interpretaciones de los arqueólogos norteamericanos o de otras partes del mundo“.
En sus propias palabras el investigador de la Uady lamentó que “la arqueología no es un campo tan difundido y, tristemente, quienes más investigan son académicos de fuera, extranjeros, desde Thompson hasta japoneses”.
