En el marco del 66 aniversario del tradicional Bazar de Fierros, ubicado en la calle 67 entre 58 y 60 del Centro de Mérida, los comerciantes que aún mantienen abiertos sus negocios aprovecharon la ocasión para exponer las dificultades que enfrentan día con día y que, aseguran, mantienen a este histórico espacio al borde de la desaparición.
Entre los principales problemas señalaron la falta de clientes, la competencia de las grandes cadenas ferreteras y el deterioro de la infraestructura, factores que afectan de manera directa a este emblemático sitio comercial.
Para Juan José Manuel Tzuc Pantoja, quien desde hace 42 años se dedica a la hojalatería doméstica en el bazar, la situación actual es el resultado de múltiples factores que se han acumulado con el paso del tiempo.
Menos interés en oficios tradicionales
Explicó que las nuevas generaciones muestran cada vez menos interés por los oficios tradicionales y que, además, los consumidores suelen optar por productos más económicos en grandes ferreterías, aunque estos tengan menor durabilidad.
“La gente prefiere pagar aunque sea un peso menos en una ferretería de franquicia, aunque el producto te dure meses; cuando con nosotros puede durar años”, comentó.
A lo anterior se suma el estado físico del lugar. El comerciante consideró que la imagen de abandono que presenta el bazar ahuyenta a potenciales clientes y complica las actividades cotidianas de quienes aún trabajan ahí.
Uno de los problemas más visibles, señaló, es la falta de espacios para estacionarse y maniobrar vehículos. Explicó que algunos puestos de comida ocupan áreas originalmente destinadas al aparcamiento, mientras que numerosas motocicletas permanecen estacionadas dentro del recinto sin pertenecer a trabajadores o clientes.
“Cuando un cliente viene a dejar trabajo o a traer material, el coche o la camioneta no puede pasar”, afirmó.
Tzuc Pantoja recordó que el declive comenzó a hacerse evidente en la década de los noventas. En aquellos años, el bazar contaba con más de 50 negocios dedicados a diversos oficios; actualmente, dijo, apenas tres continúan desempeñando las actividades para las que fue concebido el espacio.
Muchos locales han cambiado de giro y ahora funcionan como bodegas o almacenes para otros comercios de la zona. De acuerdo con los entrevistados, esto ocurrió porque los descendientes de los propietarios originales decidieron no continuar con los negocios familiares.
Otra de las voces consultadas fue la de René Flores Ayora, hijo de Rubén Flores, reconocido por haber desarrollado la máquina para pelar “chinas”. Coincidió en que el fallecimiento de los fundadores y el desinterés de las nuevas generaciones han contribuido al deterioro del bazar.
Sin embargo, consideró que aún existe la posibilidad de rescatarlo mediante un proyecto de rehabilitación.
“Nos gustaría que este lugar se renovara, que con ayuda del Ayuntamiento o del gobierno del Estado se rehabilite, se pavimente la calle, se solucione el problema de las motos y se le dé iluminación para que sea un atractivo de noche”, expresó.
La movilidad dentro del recinto y la ocupación de espacios destinados al estacionamiento volvieron a figurar entre las principales demandas de los comerciantes.
Sobre el futuro del lugar, las posturas son distintas. Mientras Flores Ayora mantiene la esperanza de que el bazar sea restaurado y conserve su papel como parte de la memoria histórica de Mérida, Juan Tzuc asegura que ha decidido vender su local y retirarse.
“Yo ya me quiero salir de aquí. Esto ya no es negocio. Tengo que pagar agua, luz, Hacienda y hay días en los que hay trabajo, y otros en los que no hay nada. Esto ya es como una naranja a la que se le sacó todo el jugo”, dijo.
Aunque reconoce que algunos funcionarios se han acercado a escuchar las inquietudes de los locatarios, considera que no existe un interés real por rescatar el sitio.— Pablo César May Pech



